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Escritores
Marpletenses
de
Cristina Larice de Roura
Hijo de Dos Lágrimas
Mi provincia lleva sobre su piel
toda la libertad y grito de las pampas
que hechos agua
nos persiguen todavía
para recordarnos sus hazañas.
Yanquetruz Pincén, el indio
Gómez
sin darle tregua a sus lanzas
lucharon por lo suyo hasta el cansancio
hasta ser pasto, ceniza, viento, roca, alga...
y así nos acompañan.
No hace mucho, desde lejos
llegaron los abuelos a esta pampa
apenados, muy solos
sin amigos, sin infancia, con su nada
llegaron a ti verde provincia
verdecobija, verdegaviota, verdemaga
a edificar sus sueños y su ternura,
a enraizar sus afectos y su casa.
A nosotros hijos de dos mundos
de dos pasiones
dos paisajes
dos lagrimas
nos duele el dolor de los antiguos dueños
y nos duele el dolor del inmigrante.
Hoy buscando el sentir del bonaerense
del país total, de lo
indoamericano
desgrano en mi canto el lenguaje embravecido
entre los jazmines blancos.
Me retumba en el alma el lamento aborigen
y me pica en la sangre la cruz del desarraigo.
La Argentina Solidaria
Revisó el mueble de la cocina,
el carro de las verduras.
la heladera y nada, absolutamente nada,
Su marido había salido a buscar trabajo.
La lluvia le empapaba la esperanza,
le inundaba el alma,
cuando le estaba por sacar la sonrisa
salió de su casa con una bolsa cargada de cosas:
seis coladores, casettes, un sacón nuevo, carteles que decían:
-Apoyo escolar - Clases de Guitarra - Ingles -
A la hora volvió a su casa cargada con:
huevo, pescado, acelga, papas, zanahoria, cebollas, rosquillas,
una tetera de porcelana antigua,
seis posavasos con paisajes norteños,
pintados por un conocido artista plástico,
tres alumnos
y la esperanza renovada.
En ese lugar se conecto con muchas personas
que en estado de desesperación, como estaba ella,
recobraban la alegría de trocar.
Cuando salió del Nodo, le hizo pito catalán
a los amargados de siempre, los que reniegan del país
y a la crisis económica,
Llego a su casa empapada pero feliz
hoy sus hijos comen.
Después contaría a todos que estaba naciendo
la Argentina solidaria
12 de junio Dìa Mundial contra el trabajo
infantil
El destino en ancas
Tamara, Soledad y Florencia
alquilan burritos en las Termas
llevan el destino en ancas
cabalga un penoso silencio con ellas
Las miradas ariscas delatan
al peligroso adulto que asecha
sujetan las riendas de la vida
trabajo infantil, tristeza
la familia necesita
las monedas
hechas pan, papas, harina o pella
para la honda olla
que nunca se llena
y se cocina
con el fuego lento y cruel
de la miseria.
Ojalá la vida
las vuelva un día
a la niñez, al juego y a la escuela.
de Julio Alfonso
Ser analfabeto
Mi ignorancia es extrema, agobiante, y aunque sé leer y
escribir, hay ciertos analfabetismos de los que no estoy exento.
Son muchos, pero uno de ellos es el más notable: no sé,
nunca aprendí a leer miradas femeninas. Se me dirá,
con justa razón, para qué las quiero, si ello no es
lo más importante que nos puede brindar una mujer. A quien
así opine, he de advertirle que con una mirada de mujer,
precisamente, comienzan los grandes incendios o el deshielo más
silencioso, que es el de la pasión. Además, si uno
es versado en ese tipo de mensaje, el que toda mirada femenina lleva
impreso, allanamos el camino, tomamos calles que nos dejan justo
en la esquina del calor impar de un beso o de un abrazo, por no
avanzar más en la cosa laberíntica.
Pero mi ignorancia es mucho más vasta que lo expuesto. Soy
el agraciado poseedor de otros analfabetismos. Además del
mencionado, debo sumar no haber aprendido a leer silencios. Sólo
conozco los míos, tan prolongados en livianas percepciones,
que sólo saben perder tiempo, silencio creativo que me divierte
a veces, y en otras me deja pensando lo mal que viven quienes no
se animan a leer sueños, pues han perdido motivación,
el rumbo de lo soñado. A veces, suele ocurrir, olvidamos
qué cosa buscamos. Y hasta suele ocurrir que estamos frente
a lo buscado y no lo vemos, pues alguien nos movió las piezas
del horizonte, viéndonos involucrados en otra rutina que
nunca contó con la anuencia de nuestros proyectos. Me llevó
lejos el aleteo. Sólo quise decir que conozco mis silencios,
pero no sé leer el de la mujer que eventualmente me desvela.
Cuando ella calla, me pierdo, penetro en un desierto no habitado
por palabras, sino por mi mesmedad. Entonces, ella sonríe
a perpetuidad, estatua que sonríe. Al decir así, he
presentado en sociedad a otro de mis analfabetismos. Es que nunca
aprendí a leer sonrisas de mujer. Cierta vez, alguien me
enseñó a deletrear risas y carcajadas femeninas, pero
al tiempo me hartó esa práctica y dejé ese
estudio de humanidades vanas para mejor oportunidad. A quien era
mi maestra en eso de leer carcajadas, le pregunté si me podía
enseñar a deletrear, aunque más no fuera, sonrisas,
pero mi instructora, luego de carcajear brutalmente, me dijo que
desconocía mecanismos o método alguno, que ese tipo
de lectura sólo se aprende con los años. Fue cuando
le contesté que al llegar a viejo, me serviría de
poco leer sonrisas de mujer. Recuerdo que mi instructora dejó
la risa a un costado y adoptó el silencio, ése que
es mi ignorancia más noble.
Dicen los hombres sabios en cuestiones femeninas, que cada mujer
tiene un aroma muy especial, que lleva años saber leerlo,
pues guarda más de una lectura. Cuentan, además, que
es una mezcla mágica, metafísica, química de
los sentidos que se origina al confrontarse el aroma de su piel
con los cosméticos dados por la naturaleza, que se pone en
acción al inmiscuirse con la suma de todas sus emociones,
como cuando les nombran un ser querido.
Pues bien; ese perfume de mujer, también forma parte del
listado de mis analfabetismos. Al encontrarme frente a ella, no
sé ni siquiera deletrear su aroma. Lo único que he
aprendido en ese aspecto, es ese perfume a arena y sal que ostentan
al salir del mar, sensación cierta, pero que no me dice nada,
porque ese aroma es patrimonio de todas. Para jactancia de mis males,
a ningún hombre sabio en mujeres se le ha ocurrido poner
academia o crear escuelas, para que analfabetos de mi estirpe aprendan
a leer miradas, sonrisas, aromas y silencios de mujer.
Ellas, las dueñas de ese mecanismo de comunicación
humana, tan personal que no existen dos iguales, podrían
enseñarme a leer sus mensajes, tan distantes de mi saber
y mi entender.
Tal vez tenga razón aquel señor, jubilado en desamores,
que me dijo (elevando su índice)que no me agobie mi analfabetismo,
que es eventual, que no he llegado a entender esos mensajes porque
no soy el destinatario, que un día de éstos, el menos
pensado, habré aprendido a leer aquellas lecturas, complejo
idioma feminista que hoy no está en mis conocimientos.
Si alguna vez tenemos la oportunidad de estar frente a frente,
le imploro, querida lectora, que su mirada, su silencio y su sonrisa
no me escriban textos complicados, con oraciones de muchos períodos,
porque soy iletrado en esas lecturas. Piense, usted, que recién
estoy con los primeros palotes, sí, en la primaria de sus
arcanos mensajes.
El aroma de una mañana
cualquiera
Aquella mañana tenía un olor distinto, no percibido
antes por mi incor-dio de sensibilidad. No era ese olor a pescado
que la brisa del sur suele traer desde la banquina de pescadores;
tampoco semejaba el aroma de las cafeterías céntricas
a la hora de la molienda diurna; no provenía de los inciensos
de la santería que pervive vecina a Dios, recostada a la
sombra de la Catedral, y tampoco al empinado uniforme de los tilos
que le hacen guardia de honor a la Diagonal Juan Martín de
Pueyrredón. Era un olor distinto, nunca sentido por mí.
Si la tristeza tuviera aroma, sería éste,
-pensé. Y para colmo de males me dije-, estos temas
no pue-do conversarlos con cualquiera, quiero decir, con nadie:
¿quién habría de creerme cuerdo si pregunto
de dónde proviene ese olor a tristeza que se ha instalado
en la mañana, señora, señor, niños que
os atrevéis a encarar estas líneas? Es evidente que
hay temas que nacieron para morir dentro de uno, como la vez que
al cruzar Plaza San Martín le pre-gunté a una muchacha
ombligo al aire, si ella también sentía el lamento
de aquella flor, margarita a quien le arrancaban pétalos
con el solo fin de encontrar un me quiere mucho, poquito, nada.
Recuerdo que la joven utilizó un oxímoron para contestarme
quizá Ud. tenga razón, señor, pero está
más loco que gallina atada a la soga.
Uno se desvive por ser y parecer común ante los otros, por
más que esos otros estén pensando y sintiendo lo mismo
que piensa y siente uno. Pero las cosas no son ni blancas ni negras:
son grises y está bien. Tal vez las charlas cotidianas sean
todas ficticias, sólo máscara, envase protector, códigos
para parecernos a los demás, pues la consigna global es vivir
clonados, cuando en realidad, y bajo piel, somos otros muy distintos;
gente que oye el lamento de esa flor a quien le arrancan sus pétalos
como si fuesen uñas, pero uno no lo proclama por temor a
ser tildado de estúpido o no le crean, o quizá por
simple egoísmo, por pensar y creer que uno es el único
que sabe sentir de esa manera, aunque la verdad sea otra: que todos
perciben de modo secreto ese olor a tristeza que a veces tiene la
mañana o escuchen el lamento de la flor sometida.
Somos muy hipócritas; sólo conversamos sobre las
bondades de una buena lluvia que favorezca al campo, lo fresca que
se presenta la maña-na o que el verano que viene será
más benigno en turistas que el ante-rior, por aquello del
dólar y cierta reactivación laboral de poca creencia.
Nos une lo externo, lo que gira a nuestro alrededor. Aquel resplandor
agachado que vive adentro nuestro es propiedad privada, reducto
inex-pugnable, nuestra única y verdadera vestimenta. Si nos
la quitamos se nos verá desnudos. Y estos días, noble
es saberlo y poder decirlo en un medio público, no son muy
apropiados para andar con las vísceras al aire.
Luego de cavilar largamente sobre este tema, emparentado con la
cosa sensible, dejé mis cavilaciones en los cestos de residuos
de la Peatonal y me encaminé hasta donde vivo. En la puerta
del edificio, el portero hacía guardia con su fusil de escoba
en el hombro y mate en mano.
El granadero uniformado con ropa grafa, me regaló un gesto
que se me ocurrió venia militar.
El hombre quiso cruzar unas palabras conmigo, tal vez para conocerme
la voz, pues no soy de echarme a hablar:
-¿Qué tal, compañero? ¿Usted siente
lo mismo que siento yo? Es un olor raro en el ambiente, no sé
cómo explicarlo -. Luego husmeó con su nariz orientada
hacia la marquesina del edificio -¿Lo siente?
-¡Sí, claro que lo siento; es el típico olor
a tristeza!
Se lo dije alto, con soberbia y fastidio en la voz, para que el
tipo pudiera confirmar aquello que, posiblemente, pensara de mí.
-¡Usted dio justo en el clavo, compañero! ¡Ese
olor es de tristeza...! dijo alegre, desfachatado, triunfal.
Luego, harto y sin más palabras, oprimí con furia
el botón del ascensor y esperé que el pesado y lento
carromato viniera a rescatarme de aquella eventual empatía.
Qué raro que tarde tanto...
Algo lo habrá demorado: es que tiene tantos inconvenientes
el camino...
Hay rutas donde algunos señores queman neumáticos
viejos, para que ese humo nuevo y oscuro sirva de extraña
pancarta, donde se dejen leer consignas de pan, de broncas y de
trabajos. Es interesante haber aprendido a interpretar las palabras
que dibuja la humareda si uno no es analfabeto en temas sociales.
Tal vez ese necesario percance es quien lo demora. Sí, es
probable.
Él sabe que todos lo esperamos. No desconoce que estamos
sin luz, que durante la mañana nos enganchamos en el sol,
pero la noche es prólogo de siglos, y las luciérnagas
que le pedimos prestada a nuestra infancia, están huérfanas
de nosotros y caen cual estrellas desclasadas por el espacio. Algo
hubo de haberle pasado para que su demora cumpla años, tantos
o más que la misma espera.
Me acodo en la ventana y veo que todos dirigen sus vistas hacia
el horizonte. Pero ahí no se ven vestigios de vida, ni un
movimiento, ninguna polvareda que anuncie un cambio, un latido en
el paisaje externo. Hay gente asomada en los balcones, gente que
otea el horizonte combado, donde se unen, en extraña comunión,
el cielo y el mar teñidos por la última voluntad del
crepúsculo: otros corren las cortinas de trapo de sus ranchos
orilleros, y se asoman para ver si viene el que originó esta
larga espera: si hasta los perros orientan hacia ese horizonte sus
resignados ladridos y sus hocicos plenos de garrapatas.
Qué raro que tarde tanto. El señor que maneja el
carrito lleno de cartones y diarios viejos se ha detenido en una
crucifixión de esquinas, poniéndose a mirar lejos,
con su mano que oficia de visera. Luego gira y junta los dedos en
son de ¿y?. Le contesto como corresponde, levantando
los hombros mientras abro los brazos, lenguaje paratextual que hablamos
sin horrores de sintaxis.
No viene. Es que tiene tantos inconvenientes el camino... Algo
ha ocurrido: tal vez no pudo eludir la mano férrea del invierno
que todo traba; quizá no pudo pagar el peaje. Eso pudo ser.
Lo imagino explicándoles que necesita pasar, que le esperan,
que hay gente sin luz, los enganchados al sol, que no quiere ser
insultado por el resentimiento de la decencia pobre, que mañana
vengo y les pago, que la frontera es el hambre. Pero no, no dejarán
que prosiga su camino hasta nosotros: ya se sabe como son los hombres
que administran esos peajes, carecen de vísceras. Eso pudo
haberle ocurrido, aunque no sé: la imaginación sobrevuela
imposibles si no tiene lugar firme donde detenerse.
Pero cuanto demora. Algunos se impacientan, comienzan a insultar.
Esto certifica lo que uno ha dicho tantas veces: cuando hay pobreza
económica, el empobrecimiento también llega a la lengua.
Después de ciertas palabras, uno ya no es el mismo, pues
todo lo que pasa deja sombras.
Qué raro que tarde tanto. Ahora ya no veo gente asomada
en los balcones, en las ventanas de sus casas o abriendo las cortinas
de trapo de sus ranchos: ahora están todos afuera. Utilizan
su libertad para asomarse a ver si viene. Y uno se siente como si
el mundo se hubiera roto o hubiese desaparecido la base de sustentación,
y nadie sabe lo que es. Sólo espera, pero ahora lo hace mientras
camina en pos de lo esperado, de lo que supuestamente está
en camino. Algunos aconsejan no salir a buscarlo, que puede haber
desencuentros, que es probable que venga por caminos paralelos al
nuestro, que no siempre son ideales, que crisis significa oportunidad,
que pensemos antes de obrar, porque no es pobre el que piensa, que
no olvidemos a Goethe, quien decía que el éxito hasta
se puede mendigar... Sólo palabras, anacolutos arrojados
como dados. Lo único cierto es que sólo esperan los
que nunca van a llegar a ser calle, los que han cambiado su pobreza
por otra en el extranjero, quienes están convencidos de que
su destino sólo puede mejorar con un hecho fortuito o el
gesto de algún Mesías vestido de túnica, sandalias
y corbata.
Sólo quienes viven en esos barrios semejantes a Paraísos
Fiscales sonríen sin esperas y sin saber un ápice
de la nuestra.
Al acodarme otra vez en la ventana, veo que algo se ha roto en
el espacio, que el cielo es una polvareda de estrellas, mientras
el Cerezo Jardín de la vereda de casa comienza a tirarme
flores para aromarme la espera.
Un recuerdo
Nos presentó una amiga en aquel pequeño bar que pervivía
acurrucado sobre la medianera de la Universidad, cuando Onganía
era rector de nuestra libertad. Recuerdo que su mano apretó
con fuerza mi mano, gesto que me gustó, pues mi filosofía
barata y callejera, me inculcó que los que así saludan
son personas nobles. Recuerdo que sus ojos me parecieron semejantes
al gesto de sus manos, y más que mirar parecían querer
entrar en los míos, sitiarlos con preguntas emanadas del
silencio. Así lo dictaba mi fantasía, siempre extravagante,
la que se derrumbó cuando su voz cascada dijo adiós,
llevándose a su dueña.
Cuando iba para el centro siempre terminaba mi andar en ese barcito.
Yo decía que me gustaba estar en él, pues era pequeño,
cálido, hecho a medida de mi ánimo y mis bolsillos,
siempre tan relacionados. Pero mi fantasía era encontrarla,
oír su voz, ver la claridad de su mirada. No sé: a
veces hay un sentido más laburador que otros, y ese sentido
me decía que aquella piba tenía algo muy especial,
fuera del ordenamiento con que algunos enmarcamos a las mujeres:
le sospechaba un dejo de misterio, pues su voz y su mirada hacían
trabajar horas extras a mi holgazana imaginación y a mi ambiguo
entendimiento. Una de las veces que mis ansias concurrieron al café,
sentí una voz cascada que me decía cómo
estás, tanto tiempo sin verte. Pedí dos cafés
y nos quedamos no sé cuantas estrellas, cuantos siglos en
el bar. Me contó de sus estudios de ciencias económicas,
que administraba el negocio del padre, que era de poco hablar y
que le contara mi vida. Le dije sí, cómo no, pero
que tendríamos que vernos más seguido, pues la historia
de mi vida estaba fragmentada en muchos capítulos, una larga
batalla donde he muerto mil veces y mil veces me he puesto de pie
para atender amablemente a mis despojos. Me contestó que
no había dramas, dame tu teléfono y nos encontramos
ni bien pueda. Se despidió con un beso en la mejilla
y una mirada: a uno se lo llevó el agua que esa tarde caía
para siempre: la mirada aún la guardo. Es la que a veces
me elige los más bellos paisajes del alma.
Ni bien llegaba a casa, lo primero que hacía era preguntarle
a mamá ¿llamó alguien, vieja? ¡Por
supuesto! Llamaron Charly, el Pato y Oscar. ¿Y del
sexo diablo, vieja? Del sexo diablo, como decís vos,
nadie: parece que andás pobre, che. Cierto día
atiendo una llamada. Era ella. Necesito que me pases a buscar
a las siete de la tarde: estaré en la esquina de Irigoyen
y Avellaneda. Luego cortó sin más. Fui a la
cita. Se hicieron las siete, las siete y media. Ya no viene pensé-.
Pero llegó. Me pidió que no le hiciera preguntas,
pues hoy tengo muchos problemas. En un esfuerzo sobrehumano
le dije que si prefería dejábamos el encuentro para
otra vez: pero me contestó que no, que fuésemos hasta
el mar, hace mucho tiempo que no lo veo. Luego me pidió
que estuviéramos en silencio, que se sentía bien a
mi lado, pero sin palabras, sin gestos, pero también sin
caricias, sin besos. De vez en cuando cambiábamos una mirada,
de ésas que semejan ecos. Antes del chau prometió
llamarme, y desde la ventanilla susurró disculpame,
algún día te explicaré todo. Después
prometió llamar o escribirme unas líneas. Y se fue.
Pero sucedió algo curioso: no me sentí solo.
Durante varios días viví esperando su llamado. Mis
amigos me notaban preocupado, silente. El día domingo ya
no iba al Estadio San Martín como otras veces: quedaba en
casa en espera de su llamado, de una señal, un guiño,
algo. Y ese algo llegó en forma de carta: en ella me explicaba
sobre su compromiso, que en dos meses se casaría, que eso
no tenía regreso por temor al peor de los escándalos,
el familiar. Decía, también, que me quería
y deseaba verme una vez más. Y esa vez más se concretó
durante una lluvia y cinco besos: aún tengo en mis manos
el perfume de su piel y en mis ojos su mirada indeleble.
Hoy, ante un descuido imperdonable del olvido, alguien dejó
la puerta abierta y entró el recuerdo. Éste tomó
mi lapicera y susurró su nombre lejano. Yo pedí a
los míos que pusieran mejor cuidado con las puertas, que
debían estar bien cerradas siempre. El recuerdo, entonces,
se sintió ofendido, me dejó su nombre doblado adentro
del día, cual un diario, y se fue. Y yo, con las letras de
ese nombre (el que sólo se me cae para adentro), he escrito
estas líneas que firmo y declaro, líneas que me ayudan
a soportar las horas vanas, los días huecos que amanecen
sin mí, los siglos grises que he cumplido y represento.
Sin palabras
Hoy amanecí sin palabras. Ni triste ni nostálgico:
sin palabras. Las busqué por donde suelo hallarlas, pero
no las vi ni en los libros ni en los borradores del alma; tampoco
en la tristería, esa posada de penurias que vive en los arrabales
de la prosperidad, donde ellas, las palabras, a veces pernoctan
y se empecinan en convertir hambre, analfabetismo y lodo en hechos
artísticos.
Quizá se alejaron de mí porque les di mal trato,
no las socialicé lo suficiente o las usé para reptar
sobre mi ego, en vez de darles categoría de alas; o tal vez
hoy no acudan en mi ayuda porque se enamoraron de algún escriba
que las sedujo al prometerles una vida más digna, con balcones
de vistas al futuro. Uno nunca sabe qué cosas piensan las
palabras; son tan parcas... Y si nunca les pregunté por qué
vinieron a mí aquella vez que con ellas encendí un
mundo nuevo para poderme aislar de éste tan ensombrecido
que me ofrece paisajes de rutinas y avaricias, no me parece justo
preguntarles ahora los porqués de sus ausencias y silencios,
por más que el escriba no pueda martillar conceptos y sentires
cuando la tarde apaga su fragua.
Uno es responsable de las palabras que susurra o grita, pero también
de las que omite, las que guarda en el centro de su silencio. Explicar
ese susurro o aquel grito es fácil; explicar el silencio
suele ser tarea rayana en lo increíble. ¿Cómo
decir, sin ellas, que los edificios no crecen, que nacieron sin
vísceras, que sólo son altos huesos habitados por
sombras que sólo tienen permiso para soñar? ¿Cómo
declarar, sin ellas, que uno no quiere una palabra por su forma
sino por lo que ilumina? ¿Y cómo explicar, si amanecimos
carentes de palabras, que el sujeto de la existencia es vivir, no
ofrecer ilusión de vida? Imposible si no están conmigo
las palabras.
Mi ánimo barajó las cartas. Yo corté. Luego,
ese ánimo empezó a cartear. Cuando comencé
a orejearlas, vi que no había salido ni oros ni copas ni
espadas ni bastos, que sólo había ligado silencio.
Fue cuando comencé a tomar naipes del descarte, que es el
último recurso que en ocasiones nos brinda la vida. Por eso
hoy salió silencio. No importa: así es la carta que
ese gran banquero que es el tiempo nos ha dado. Y si es cierto que
la vida es juego, hoy me tocó un naipe vacío de toda
intensión. ¿Debemos aceptarlo como viene? Se me dirá
que aún tiene vigencia el recurso del engaño, tan
de boga en éstos y otros días; pero de nada sirve
trampear, tener un as de triunfo bajo la manga si en el balcón
de los ojos tenemos una lágrima a punto de arrojarse al vacío
porque el eje del mundo ostenta lamentos de engranajes, pues nadie
lubrica su proseguir de noria desdentada y los niños buscan
en la calle a ese hombre que algún día serán
si antes no los para una bala, la droga o un reformatorio, trilogía
idónea para no llegar a hombre.
Hoy amanecí así, lejos de mis asuntos. Asumo el silencio
como corresponde. El lunes que viene tal vez vengan mis amigos,
los adjetivos, junto a sus adláteres, sustantivos y diptongos
a despertar mi abulia, esta pobreza de hoy. Y yo les abriré
la puerta, pues tengo la costumbre de atender sus llamados, sin
importarme su desnudez o la ropa usada que traigan puesta, historias
y evocaciones que se prenden a mí como quien dice nunca me
olvides, escriba.
Necesito las palabras, pues alguien debe encender la chispa que
deje inaugurado el alba durazno; alguien debe decir que a esta hora,
exactamente, hay una casi niña haciendo calle
y también un anciano que ofrece un siglo de su vida por enamorarse
una vez más, al tiempo que gasta su jubilación comprando
rosas, amaneceres y sermones de estrellas.
Hoy sólo tengo silencios. Dentro de mí sólo
se escucha el reuma de las ramas, la voz de mi vecino desocupado,
que pide en el kiosco -por un ratito, no más-
el diario, por si un lunes de éstos halla en el Rubro Empleos
su esperanza, mientras la inocente musiquita del afilador pasa,
sin saber que el tiempo llevó consigo la última chispa
que nos regalara sus mágicas manos.
Hoy me sumo a esa inmensa manifestación de silencios que
camina muy lento hasta el ocaso del discurso a sueldo, a esa columna
de gente que piensa en secreto silencio un nombre querido y lo guarda
para que nadie lo aje. Y me sumo a los que caminan detrás
de un sueño plural y silencioso. En él, quizá
nos veamos. Creo que no tendremos mayores dificultades en encontrarnos:
nos reconoceremos por la forma de mirar y leer la vida.
Pedir perdón
Perdón no deja de ser un hermoso término, una de
las tantas palabras que cobija el frío pero inexpresivo diccionario.
Ese infinitivo cobra vida cuando va acompañado por el concepto
que lo origina, o dos consultas por el mismo precio: ¿por
qué? ¿para qué? Es sumamente fácil pedir
perdón cuando la culpa es barata, como cuando en el colectivo
nos pisan un pie o los dos. Esa es una pena remisible, ¿ve?
por más que nos duela; pero si los militares del 76
hicieron desaparecer un familiar nuestro, ese perdón tiene
otra estructura emocional, un contenido inaceptable. Es que pedir
perdón por algo que sucedió en el pasado (reconozco
la obviedad, nadie se disculpa por un ilícito que ha de cometer
mañana) sólo implica un esfuerzo moral, en el mejor
de los casos. Pero démosle más luz a este pensamiento:
pedir perdón es gratis. Sólo nuestra conciencia conoce
el costo real de lo que ocurre adentro nuestro.
Todos sabemos a quién debemos perdón; todos sabemos
quiénes nos deben perdón. Esa fórmula de remisión
de la pena no es standard; hay grados de diferencia en toda culpa.
Una cosa es que nos pisen el pie (perdón por reincidir en
ejemplo tan burdo) y otra que alguien haya devastado un país
o fulano mate a zutano o perengano.
El perdón supo tener períodos de moda, ha pretendido
oficiar de válvula de olvido, orientado hacía la búsqueda
de complicidad de la opinión pública, para que ella
lo comparta en nombre de otros. Hay hechos históricos casi
notables: Clinton lo hizo con los estadounidenses por aquel romance
con la bien alimentada Mónica; en el año 2000, el
Vaticano pidió perdón por la Inquisición; el
renunciante De la Rúa pidió perdón a los judíos
porque Argentina cobijó nazis después de la Segunda
Guerra Mundial; el Congreso de los Estados Unidos se disculpó
ante los hawaianos por la participación de aquellos en el
derrocamiento del Reino de Hawai hace un siglo (los iraquíes
y el pueblo yanqui hoy esperan idéntico gesto de Bush, que
en ese juego de por si las moscas ha perdido); militares
argentinos pidieron disculpas en nombre de aquellos camaradas que
colaboraron en la caída de Isabel Perón (si leemos
con cuidado, veremos que quien pide esa gracia, siempre lo hace
en nombre de terceros). Llenaríamos el diario de ejemplos,
sin omitir aquella bandera que en el Mundial de Fútbol 86
rezaba Perdón, narigón.
El perdón total, en muchos casos no existe, no puede ser,
por más que lo recitemos. Hay algo que es inamovible: el
castigo radica en su eternidad. Hay crímenes que no admiten
la palabra perdón, que quienes lo cometieron no debieran
pedir clemencia, pues jugaban los juegos que habían deseado.
Además, es inútil: el perdón no remedia ni
redime, la culpa no muere jamás, ni aun con el culpable;
la culpa lo sobrevive. Para mal de sus males, ni siquiera existe
el Río Leteo, donde con una enjuagada se dejaban los malos
recuerdos. Si el culpable no se siente así, es porque alguien
ha muerto dentro de él. Esa es su muerte real, aunque pise
la misma vereda que trajinamos nosotros, aunque pague todos los
impuestos, lave sus dientes tres veces al día o concurra
a misa una vez a la semana. Shakespeare lo resuelve con mayor solvencia
(vaya novedad, escriba) cuando dice que en el crimen está
el castigo.
Algún día alguien deberá pedir perdón
por otro crimen: haber generado esta pobreza estructural que comprobamos
a diario. Quien no la vea así, que se asome a los resumideros
de la ciudad. ¿Qué busca aquel señor y su prole?
¿Van por papeles que tengan escrita alguna poesía
trunca, por el anhelado vellocino de oro de la fábula hebrea
o buscan sinceramente restos de comida? Alguien deberá decirles,
puesto que ellos no son los que leen el diario, precisamente, que
les indicaron erróneamente el camino, que la felicidad tiene
dirección opuesta a la basura y que no embolsen las perimidas
brújulas halladas en los basureros públicos, porque
son falsas, tienen borroneado el norte y congelado el sur.
Perdón por la tristeza rezó Cesar Vallejo.
Nosotros también extenderemos un listado de pedidos de remisión:
perdón por el analfabetismo, por la pobreza, por el desamparo,
por estas palabras que no calman la sed ni mitigan el hambre inculcado.
Viaje hasta el quirófano
Dedico este escrito a los doctores Carretero, Brandt, Bordenave
y Metler. Es un mandato de mi aprecio.
Uno, por lo general, corre el colectivo sin cansarse, pese a los
puchos; tiene las pulsaciones firmes y parejas, pese a los reclamos
del FMI; ve bien, si ver bien significa divisar una vaca a cinco
metros de distancia. Es decir: uno anda bien de salud, hasta que
siente un tironcito aquí, ¿ve?, dolor cuya persistencia
hace que al día siguiente nos encontremos en la sala de espera
de nuestro médico.
Luego de saludar a los que esperan ser atendidos, nos sentamos
junto a ellos, quienes nos tiran una burocrática mirada,
como quien dice zas, llegó otra víctima.
Después, cansado de esperar, uno se dedica a mirar los diplomas
que hablan a favor del médico, certificados que sólo
nos muestran los triunfos, pero que nada dicen de empates en tiempo
suplementario. En una de esas, cuando leíamos una revista
deportiva con el comentario del último partido jugado por
Atlético Lomas versus Alumni Footbal Club, aparece una agraciada
señorita diciendo pase el siguiente. Y el siguiente,
vaya casualidad, es uno. Luego del saludo y de la exposición
del porqué de mi consulta, el galeno me hizo una invitación
que hasta ese momento ningún hombre me había hecho:
abajo los pantalones, amigo. Una vez sin ellos, me hizo
recostar en la camilla. Entonces comencé a sentir sus dedos.
Más que tocarme, me ejecutaba en Sol sostenido. De cuando
en cuando venía la consulta ¿duele aquí? Se
dio cuenta de que me dolía aquí por el
rodillazo que le di en el arco superciliar derecho. Antes del conteo
hasta diez, se tomó de las sogas, se puso de pie y se sentó
en el rincón, mientras decía la solución
es quirúrgica, tenés que ir urgente al cuchillo, es
una hernia peligrosísima, que puede estrangular en cualquier
momento.
Luego de la cosa burocrática vino la orden de internación,
y que me operarían a las ocho de la mañana. Me
voy a aburrir de modo soberano, pensé. Pero no fue
así. A las diez de la noche apagaron todas las luces. Y con
ese sencillo ademán comenzaron los lamentos en esa sala,
donde éramos seis los internados. Un hombre que estaba a
mi izquierda, conectado con tubos de todos los tamaños, decía
tener sed. Entonces fui hasta el baño y le alcancé
un vaso con agua. Mi vecino de enfrente, al ver que yo podía
moverme, me pidió que le bajara la cama, pues le dolía
todo. Me acosté. Y cuando estaba por dormirme, el anciano
de la otra punta de la sala, comenzó a quejarse de fuertes
dolores. El hombre no alcanzaba el timbre, por eso oprimí
el mío para que acudiera la enfermera. Así fue mi
primer noche en el hospital. Estuve de guardia, un residente más,
no dormí, un poco porque pensaba en la operación,
y otro tanto por ese sonido nocturno que tienen los hospitales,
lamento de voces que cantan a coro dolores intransferibles, miserias
que desconocíamos en nosotros, esas que duelen mucho más
que las heridas y la soledad.
Horas después, una ninfa Egerea me dice buen día,
son las seis. Era una linda muchacha vestida de enfermera.
Estoy soñando o ya estamos en el cielo, pregunté.
Me informó que estábamos en el planeta Venus y que
venía a afeitarme. Le contesté que había venido
bañadito y afeitado. Pero ella no venía a afeitarme
la barba... Momentos después me vi en el quirófano,
rodeado de gente con barbijo, ocultándose me dije-,
por si las moscas. Me anestesiaron. Poco a poco sentí que
medio cuerpo ya no me pertenecía. Mi brazo izquierdo estaba
conectado a la vida; mi mano derecha estaba conectada al cielo,
pues era tomada por una enfermera que tenía mandato de ángel.
De vez en cuando, ella acariciaba mi frente y mi rostro con toda
ternura, como una hija puede acariciar a su padre. Y uno no se explica,
luego, con qué riquezas pagar tanto respeto al prójimo.
Con gente así, no todo está perdido, aún hay
esperanza, filosofé. Quedate tranquilo, todo marcha
bien, falta muy poco. Y a mí se me ocurrió pensar
que esa chica debía ser muy feliz en la vida, al margen de
lo que ganara; de no ser así, no podría brindar tanto
afecto a pacientes que, días después, ya en sus casas,
la olvidarían como yo, que ni siquiera supe su nombre. Por
eso, a vos, que eras dulce, plural y sonriente, dueña de
un candor que anestesiaba todo, fuese queja, miedo u olvido, te
digo gracias con estas palabras que no requieren vuelto, con las
que pude armar tu afecto, tu natural calor humano, no siempre técnico
o sugerido desde alguna competente jefatura.
Para que las palabras me disculpen
Una de mis palabras más buscadas, la más virgen (no
por esa eventualidad deseada), se escurre por el océano lechoso
y erial de mi cuaderno, pues no quiere ser sometida a mi premeditado
ayer y se subleva.
Mi ambición de escriba persiste en perseguirla hasta que
se oiga el dolor de sus huesos bajo la contextura de mi candor,
que ella purifica, aunque se declare enamorada de otro escritor,
cuyo significado no le corresponde.
Un poeta vacante, que ayer se divorció de su palabra al
encontrarle desgarrada la enagua cuando la descubrió de amores
con la organizada emoción de un soneto, se plantó
ante mí y me dijo: mire, viejo, a la camisa hay que mancharla
de hastío todos los días, persiguiendo callejeras
palabras que tienen la costumbre de huir para adelante, y que a
veces hasta caen exhaustas, mucho antes que el relámpago
herido de un poeta que ha vendido su porvenir al desgano-
las alcance. Creí entender que se refería a las soberbias
palabras, las que saben morir sin consultarnos.
Pero yo desoigo lo oído y obro como presiento, que eternamente
ha sido mi modo de obrar: arrojo una palabra al suelo y espero una
lluvia bienhechora de sentidos, luego un resultado.
Los poetas jubilados de esperas, anclados aún en una añeja
fracción de llanto, me aguardan en el recodo del ocaso para
señalarme con el índice de acompañar estrellas
derrumbadas: la palabra es insepulta, estimado aprendiz de
escriba. Y si debe plantarla para ejercer alguna maquillada ulterioridad,
hemos de aconsejarle que lo haga en la espuma del cielo o adentro
de la luz que nunca olvida.
Pero la palabra que ansío y desconozco, que necesito para
dar luz a mi poema inicial y gracias a su ausencia trunco, se esconde
de mí. Y en ese acto me ciega.
Es que siempre quise saber y apresar el sabor de cada palabra,
descifrar su emoción, desguazar sus detalles y entender aquello
que se oculta detrás de su significado diverso, el que carece
de cruces, aunque uno sospecha su sombra (cierta vez quise perseguir
dicha sombra, verificar el lugar preciso de su arribo. Hube de cejar
en el intento, porque cuando alguien quiso instruirme sobre las
destrezas del vuelo, recordé que ya había exonerado
mis alas).
Siempre me pregunté cuál es el lugar final de las
palabras; si mueren, si resucitan, sin son insepultas en el mármol
o en los libros. Creo que nunca lo sabré, porque tampoco
he capturado, alguna vez, la perfección de su reflejo, ése
que a veces titila feroz en mis dactilares.
Confieso que las utilicé para perfumar la oquedad de la
pobreza ajena; declaro que las trasplanté en baldíos
de arena en vez de darles relieve de justicia. En ello no soy distinto
a algunos diarios, los que sólo les dan albergue transitorio.
Ahora, qué lástima no tener edad para arrodillarme;
qué lamentable es no tener voz para anunciar disculpas; qué
pena que mis manos ayer conexas- hoy no hallen acuerdos para
aprisionar un inofensivo Oremus, que tenga ambiciones de vindicación.
No importa. Después del punto final, las palabras juzgan
a quien las dilapida. Ellas dirán si la pena se paga con
ráfagas de gloria o cancerberos de olvido.
A veces, asomada en la fundada posteridad de un espejado patio
de Borges, o dando su pezón más rabioso a un famélico
silencio de Arlt, esa palabra parece decirme, no me persiga
Ud., señor escriba; no he nacido para albergue de sus latidos;
estoy abierta y subordinada a otra necesaria imperfección;
la que debe ostentar cualquier fantasía que tenga olor humano.
Ya ve, estoy comprometida con ese aletear que a Ud. le ocasiona
sombras irreparables. No obstante, le pido un último favor:
no deje usted de buscarme, aquí en la tierra o donde arriben
sus desvelos; yo también necesito saber si alguna vez seré
suya.
(Quién pudiera ganar una palabra que nunca muera y nos perdone,
que su sonido esté cantando siempre, allende quien la escriba.)
Su identidad, por favor
Siempre fue preocupación del hombre de otros tiempos darse
a conocer, que los demás supieran quién era, cuál
su domicilio, su modo de ser, de pensar y ganar la vida.
El hombre de la prehistoria resolvía esa cuestión
sin prescindir de cierta lógica, al dejar afuera de su caverna
de un ambiente, aunque algo profundo, una señal, un guiño
social, un simple elemento que sirviera para su identificación;
a falta de nombre lo identificaba su tarea manual, cuando sus manos
le servían de oficio, la que empleara para darle de comer
a su prole y al fiel Mamut, que hacía las veces de Rottweiler
o simple perro atorrante y callejero.
Gracias a esas manos, en la boca de cada cueva se podía
ver un pez tallado, mientras en caverna vecina, alguien se dedicaba
al cocido de cerámica para que sus pares lo identificaran
por sus vasijas, las que también utilizara a modo de canje,
toma y daca acorde a sus necesidades.
Otro tanto sucedía con los pescadores, los fabricantes de
cuchillos de sílex o hachas de roca, sin olvidar las flechas
de madera y los telares.
Pero no es nuestra intensión abundar en ejemplos, en parte
porque esa abundancia es proclive a espantar lectores, y en parte,
también, porque demasiados ejemplos no abundan en nuestro
hilvanado saber.
Que las mencionadas citas sirvan para sospechar que el hombre de
la prehistoria quiso darse a conocer, que por ese motivo primero
jugó a fabricar, luego jugó a pensar, como anticipándose
a aquello que decía el loco Descartes: Pienso, luego
existo.
Antes de proseguir con esto, que no tiene ambición de ensayo,
cabe el elogio al pulgar, conocido en el barrio como dedo gordo,
quien, para muchos estudiosos, fue motor de progreso: gracias a
su carácter prensil, activó el cerebro del hombre
primitivo, para que éste pudiera pensar y trabajar los elementos
de cada era, es decir: la piedra, el bronce, el hierro. Disculpen
la digresión, que tampoco está exenta de espantar
lectores.
Salvando la distancia y los tiempos, instalémonos en zonas
marplatenses que conocemos como barrios, los que hoy tienen nombre
propio, lugares donde éste que escribe hubo de recabar información
para escribir la historia que le contaran los vecinos memoriosos,
hechos barriales calcados en sus inicios y necesidades. Luego de
entrar en fotografías amarillentas, habremos de azuzar nuestra
imaginación gracias al decir de quienes poblaron aquellas
zonas. Entre sus recuerdos y testimonios de diarios viejos, será
posible llegar hasta el porqué de ese parangón que
hicimos con los barrios marplatenses y la prehistoria. Las calles
periféricas de aquella Mar del Plata de entonces eran de
tierra y carecían de nombre que las identificara. Fue cuando
los vecinos decidieron colocar carteles, los que determinaban quién
vivía en tal lugar y la ocupación que tenía.
Cada casa solía ostentar en la puerta el nombre y apellido
de su morador: Familia de Fulano, Sra. Zutano,
Sr. Perengano, y así todos. Esas placas, sumadas
a las de algunos oficios o profesiones, tenían como fin darse
a conocer, y para que amigos y familiares no se extraviaran al ir
de visita.
En estos tiempos, ya en el centro de la ciudad como en los estoicos
arrabales, son pocos los que quieren identificarse como aquel hombre
de la prehistoria o aquellos vecinos de la periferia marplatense,
exceptuando, claro está, profesionales, escuelas o comercios.
Ocurre que hoy nadie tiene interés en que lo conozcan; es
mejor pasar inadvertido, pues el hombre presiente que ha triunfado
la sospecha y el temor, pánico a que alguien se adueñe
de nuestras tenues riquezas o use de rehenes a nuestras bien ganadas
miserias, concebidas gracias a nuestra necesidad de competir por
un lugar entre los conceptos burgueses.
Es utópico, pero cuánto más sabríamos
de nosotros si en nuestras puertas hubiera carteles que rezaran
Desocupado, Tipo Corrupto, Donante
de Órganos, Poeta, Ladrón
de Gallinas, Artista Fileteador, Gestor
de Utopías u Opositor Subvencionado por la política
rastrera, entre otras leyendas.
Sí, tiene usted razón, estimada lectora, respetado
lector: que este escriba deje ya de ocultar su nombre.
Perfume de ayer
Alguna vez hemos hablado sobre las potencias que no están
desarrolladas en nosotros, como la sensibilidad. Decíamos
también desconocer su alcance, que éramos analfabetos
de ella, y que sólo habíamos aprendido lo que nos
permitieron aprender, la sensiblería, por ejemplo, que no
es más que un sentimiento humilde. Es que nadie nos enseñó
a descubrir y analizar los sentidos ocultos, metafísicos
si Ud. quiere, como ver otro paisaje dentro del paisaje, o sentir
ese latir que vive adentro de cada palabra bien plantada, así
como el perfume que adquieren ciertas memorias. ¿Nunca le
ocurrió que de pronto, como por arte de magia nos envuelve
un profundo aroma que creíamos perdido? Son perfumes de ayer,
los que a veces regresan para ver si estamos. ¿Cuál
de ellos le gustaría regresar? ¿Aquel aroma a naranja
de las tardes de fútbol? Para que ello suceda debemos evocar
a don Pepe, el naranjero que se estacionaba en la vereda de Marconi
y Colón, cancha de Quilmes. Aquellas naranjas solían
no cumplir con nuestra sed, sino volar sobre la cabeza de un arbitro,
quien por entonces era nuestro único enemigo uniformado.
Otro perfume lejano era la crema que mi viejo usaba para afeitarse.
No digo su marca porque aún está en las estanterías
de los grandes almacenes. Sólo diré que era de color
verde clorofila. Recuerdo que cuando el pote -que era bajo y redondo-
quedaba vacío, mi viejo me lo regalaba para que lo hiciera
rodar junto a mi inocencia, de la que aún conservo su sombra
de recuerdo. A veces ese perfume viene a mí, y con él
el recuerdo de papá. Son perfumes que retornan para que no
nos olvidemos de quiénes fuimos cuando fuimos, como aquel
aroma de las aulas del colegio, el que se modificaba en las escuelas
rurales. Esos olores a veces regresan hasta mis días. Vienen
a colorear recuerdos y quebrar grises rutinas sin aromas. Y uno
permite que aquellos lejanos perfumes lo invadan. Es cuando uno
sonríe, aunque nadie lo note. Algunas de nuestras sonrisas,
aún nos pertenecen.
Mi primer amor tenía también un aroma muy especial.
Prevalecía sobre el nombre de quien originara ese sentimiento
irreparable. Y no hablo del perfume que ella comprara en la mercería
del barrio. Mi referencia es a otro aroma, perfume de mujer, el
que su piel me regalara a escondidas de los prejuicios, que por
entonces vivían en las inmediaciones de la estupidez, ese
arrabal de la ignorancia. Ese perfume lo perdí, ve. Y sé
que no está en otra mujer. Y digo más: si ella regresara
desde ese territorio que mi pereza intelectual llama recuerdo, no
tendría el aroma de entonces. Sí. Tiene Ud. razón:
si ella estuviera leyendo estas líneas, es probable que pensara
exactamente lo mismo que el que escribe. Los años modifican
a su antojo nuestra química interior.
¿Qué perfume de ayer suele visitarlo a Ud.? No crea:
no es malo retornar algunos recuerdos. Lo importante es sentir,
poner en marcha aquella sensibilidad que motivó este escrito,
el que no trascenderá la historia de los estudios sociales
o humanos, por suerte.
Debemos incentivar la cultura de la sensibilidad, recordar que
ella no significa saber quién es uno, sino saber quienes
son los demás. Algún día hablaremos sobre el
progreso de la espiritualidad.
Para Sócrates, la filosofía era intercambio de sensibilidades
entre vecinos. Mientras filosofaba acerca de las nubes y de las
ideas o se extasiaba con el zumbido de un mosquito, no aprendía
aquellas cosas que le eran más útiles para la vida.
El sostenía que el hombre sensible debía mantenerse
apartado de lo material, que aquél que aspire a vivir entre
los hombres debe abstenerse de todo lo que fuera político
para dedicarse a sentir los impulsos íntimos, espiritualidad
tan poco cultivada. Qué saludable sería que algunos
de nuestros políticos siguieran el ejemplo de Sócrates
(no exageremos: la cicuta, no), el que dijo que el sentir debía
ser una urgencia colectiva.
Gary Cooper ya no viene
Ustedes dos, que son lungos, vayan a atender las cabinas telefónicas
del primer piso. Eso sí: de traje y corbata, eh. Así
nos habló a José y a mí el jefe de operadores
telefónicos del Hotel Provincial, donde éste escriba
trabajó durante nueve años. La consigna del jefe era
que atendiéramos, durante el primer Festival de Cine Internacional
(1954), el espacio donde se celebrarían las fiestas más
importantes: el lugar rodeado de columnas del hall central del primer
piso, luego denominado, si mal no recuerdo, salón Dag Hammarsjold,
en homenaje al sueco que obtuviera el Premio Nobel 1961. Esas columnas
en círculo se veían adornadas por un extenso corralito
de flores -valga el neologismo-, de setenta centímetros de
alto. Dentro de ese gran círculo florido habían ubicado
el escenario, donde todas las noches se realizaban reuniones danzantes
para las delegaciones de los países que intervenían
en el flamante evento. Las coquetas cabinas telefónicas,
daban de frente al gran escenario, vecinas a los ascensores. Recuerdo
que aquellos bailes eran animados por la orquesta de Aníbal
Troilo, que como cantantes tenía a Jorge Casal y Raúl
Berón. Los años transcurridos, en complicidad con
mi torpe memoria, no me permiten recordar el nombre de la agrupación
de jazz, aunque sospecho que su director era Eduardo Armani, un
gran señor a quien mi viejo, que era mecánico, le
arreglaba el Packard azul. Juan Carlos Ginés y Julio César
Barton, eran los animadores.
La primer noche no pudimos disfrutar del espectáculo, gracias
a los muchos pedidos telefónicos a Buenos Aires y al exterior.
La segunda jornada comenzó como la primera, pero con serios
problemas que obraron a nuestro favor: todos los pedidos de línea
fueron interrumpidos, pasando a la nomenclatura de llamada
condicional, que en buen romance quería decir vas
a hablar si sos brujo, hermano. Cerramos las cabinas y nos
dispusimos a regresar al conmutador central. Fue cuando le dije
a mi compañero: Decile al jefe que ya voy, que me quedo
dando las explicaciones del caso y ordenando planillas. Cuando
José se marchó, entré a la pista bailable,
quiero decir, al círculo de flores. Lo primero que hice fue
acercarme donde se hallaba la delegación italiana. Puse la
mira en los claros ojos de una actriz cuyo apellido era Rocco (recuerdo
todo de ella, sus medidas, su perfume, su sonrisa, pero no su nombre,
quizá por ser lo menos adecuado para nombrarla). Luego la
invité a bailar jazz. Cuando la orquesta terminó su
rutina, comenzaron los tangos. Seguimos bailando al ritmo de Pichuco.
Le indiqué los pasos del tango, tres y uno, bambina,
como el caballo del ajedrez. Y si seguís las indicaciones
de mi mano, ésa que está haciendo conjeturas con tus
breteles, no te vas a perder, le dije, mejor dicho, tuve ganas
de decirle, o -debo confesarlo-, debí haberle dicho. Bailamos
hasta que la orquesta finalizó su rutina. Lo cierto es que
ella aprendió algo más sobre tangos, y yo aprendí
a escuchar tres veces ¡no! en el idioma del Dante o de Nicola
Paone, eso va en gusto.
Durante los días que duró el festival, oímos
infinidad de rumores sobre el ambiente artístico. El más
notable era el referido a una declaración de Gary Cooper,
que por esos años era nuestro actor preferido. Gary Cooper
había dicho, cuando lo invitaron al festival del 54:
¿Argentina? ¿Dónde queda eso? ¿Africa,
Asia? No, ni por todo el oro del mundo puedo ir a un lugar desconocido.
Dicen que por eso no vino al festival el protagonista de ¿Por
quien doblan las campanas?, El llanero o A la hora señalada.
Sus declaraciones nos dejaron muy tristes (es noble aclarar que
la tristeza no tenía los argumentos que esgrime en estos
días); es que todos los muchachos caminábamos como
él, sonreíamos como él y mirábamos de
soslayo -como él-, a nuestros rivales de un club vecino.
El que escribe había visto todas sus películas; salía
del Cine San Martín balanceándose al caminar, mirando
de soslayo hacia los costados para comprobar si lo seguían
los malditos malhechores que alguna vez mandó a la cárcel
y que ahora, libres, lo buscaban para vengarse. Pero (permiso, me
cansó la tercera; paso a primera), al mirar a mi costado
sólo veía a tres cómplices de sueños
irrealizables: el Pato Gomenzoro, Cacho Quiroga y Panno, mis secuaces
amigos de siempre. Tampoco veía a Grace Kelly, Kim Novak
o Ingrid Bergman.
En la colonia artística de los argentinos estaban todos:
Angel Magaña, Tita Merello, Hugo del Carril (fumaba tres
atados de Particulares por día), Olga Zubarry, Natán
Pinzón, Bataglia, Amelia Bence, los dos Sandrini, Luis y
Eduardo, es decir, el bueno y el malo. Y
más, muchos más. Si cuento todo lo escuchado, voy
preso. Sólo diré lo de Errol Flynn: en la cuarta o
quinta noche del festival, el actor nos llama pidiendo que retiremos
las tres mujeres tres, que quedaron olvidadas en su suite la noche
anterior. Cuando llegamos, el actor braceaba en un mar de whisky,
champán y perfume de mujer.
Afuera del hotel, una multitud esperaba a sus favoritos para el
consabido autógrafo, actores y actrices que salían
con custodia o huían por la playa de estacionamiento que
da a Moreno y Buenos Aires o avenida Colón y Arenales, mientras
que escritores, directores y músicos eran inadvertidos para
el gran público, tan encandilado con los Flynn, los Pidgeon,
los Jack Palance, Power, las Ava Garner, las Kim Novak.
El festival que finalizó en marzo del año pasado,
se hizo en un país diferente al del primer festival. Aquel
país pertenecía al primer mundo, cuando prestamos
dinero a España, Italia y algunos países de Sudamérica
para que salieran de la crisis, cuando no pensábamos que
algún día nos iríamos al descenso en lo económico,
en lo social, en lo cultural, hasta jugar en tercera. Ojalá
que los próximos festivales de cine nos encuentren, al menos
un peldaño más arriba. Es que debemos pensar en el
ascenso gradual para llegar otra vez a primera, desde las raíces,
sea en lo político, en lo social, en lo cultural, sí,
aunque uno ya no baile con aquella hermosa italiana de los ojos
claros, aunque Gary Cooper ya no venga.
Platón, la Diosa y las
curitas
De las muchas tareas que en la cocina se realizan, pocas son tan
gratas e impregnadas de suspenso como hervir leche. Pelar papas
requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir
un tomate al medio. Lo reco-nozco, no soy necio. También
sé que cortar cebollas es una tarea que linda con las lágrimas.
Todos los trabajos en la cocina son importantes que quede
establecido-, pero ninguno como hervir leche. Se me dirá
que no es necesario el hervor, que Pasteur (1857) dejó establecido
que la fermentación se debe a micro emprendimientos de gérmenes
en desarro-llo. Está bien, pero, por favor; no se me quite
el beneficio bien ganado de la ignorancia, así como el derecho
de estancarme en el tiempo, atributo que sólo era patrimonio
de algunos políticos y que ahora está al alcance de
casi todos. En esa tarea estaba (no la de política estanco,
sino hirviendo leche) cuando alguien golpea la puerta de casa. Abro
y aparece un señor de traje y corbata blandiendo un paquete
de curitas. Antes que promocionara su mercancía alcancé
a decirle espere un momento, buen hombre, tengo el fuego encendido.
La Diosa Vesta, dijo el hombre. Cerré la llave
del gas y regresé donde aguardaba el vendedor. No con cierta
amabilidad, sino careciendo parcialmente de ella, le pregunté
con voz de bajo: ¿Me pareció o Ud. me proclamó
Diosa? El hombre -sin bajar el brazo que enarbolaba curitas- contestó
No, señor. La Diosa Vesta, como es de conocimiento
público, tenía a su orden las Vestales, jóvenes
bellas y castas que Zeus, por entonces capo del Olimpo, había
encomendado cuidar el fuego, pues era creencia que si éste
se extinguía terminaba la vida. ¿Aclarado?.
Perdón por la intromisión dijo un vendedor
de ajos que se ubicó detrás del otro ambulante-; si
mal no recuerdo, esas niñas cumplían esa tarea hasta
los treinta años. Luego, al ser reemplazadas por jóvenes
doncellas, quedaban en libertad. El de las curitas respondió
sin mirarlo: Descartes también solía opinar
sobre ese tema. Decía que entre la tierra y el cielo existía
una estación llamada fuego. Claro refutó
el de las restras- ¡cualquier alumno de EGB lo sabe! ¡El
hombre se refería al infierno, según mi saber!.
Los agnósticos no pensaban así -retrucó
el de las curitas-. Además, disculpe, pero está Ud.
muy confundido; una cosa es la filosofía y otra su sabiduría
de bachillero. El señor de los ajos sintió el
impacto y dijo: Cualquier chabón sabe que la filosofía
es la contemplación reflexiva del Universo, así como
mi sabiduría es el conocimiento de la verdad, la ciencia
absoluta adquirida por la reflexión, señor pórfido.
Desde su palidez, el vendedor de curitas levantó su voz como
para ser oído por todo el vecindario, que a esta altura de
la discusión alentaba a su preferido sobre tribunas compuestas
de mesas, sillas, inodoros en condición de trueque y banquetas
colocadas en la vereda: ¿Sabe qué cosa es usted?
Un positivista, eso es, un discípulo de Augusto Comte.
Peor es lo suyo -replicó el otro-; usted es ¡platónico!
Lo supe desde que lo vi. Es como algunos gobernantes: buscan la
República abstracta, la urbe donde no existan los artesanos
y se expulse a los poetas. Esa era su filosofía del bien
común: beneficio para unos pocos. ¿Y qué
me cuenta de Nietzche -dijo el otro mirando de soslayo a su barra
brava-, cuando dice que hay un poder superior al poder, el deseo
de poder?. Sus hinchas lo ovacionaron arrojando papelitos
al aire. Luego aparecieron las pancartas. Yo, cerré la puerta.
Aún así oía gritos como Sócrates,
Platón, un solo corazón o la tribuna contraria
con cánticos como se siente, se siente, los racionalistas
están calientes. Luego todos se fueron llevando consigo
su pasión de multitudes.
Yo encendí la hornalla y me dediqué a hervir leche,
cosa que me apasiona. Pelar papas requiere cierto grado de concentración
que no ostenta partir un tomate al medio, lo reconozco, no soy necio.
También sé que cortar cebollas es una tarea que linda
con lo culinariotrágico, como si comer, en estos días,
tuviera el costo de las lágrimas.
Nomeolvides
Al abrir un viejo Atlas para constatar dónde han de levantar
los yanquis su nuevo escenario de sangre y petróleo (¿Irán?),
hallé un nomeolvides (buen lugar para plantar un recuerdo,
eh). Se veía amarillo, como la vestidura de los ascetas,
aunque sin ambiciones de perdón o misericordia. Estaba seco,
encorvado (la vejez no marchita la identidad de lo que fuimos),
lindando con Irak y los olvidos.
Noté en esa flor cierta asperosidad de contenido reproche,
quizá por la cárcel de palabras donde fue remitida.
Quise memorar quién me lo regalara, pero fue vano el empeño
de mi memoria. Otro triunfo a favor del olvido -pensé.
A veces, el árbol cae durante una enorme, aunque pasajera
tormenta, quedando su sombra como único testimonio de haber
tenido, alguna vez, vertical anhelo. Ese nomeolvides es la sombra
de alguna pasión tormentosa, aunque pasajera, como sus hojas.
La flor era testigo clave de voces que se desvistieron de toda formalidad
hasta ser correlato de besos, devaneo, sosiego de nieve y después
distancia; flor arrancada para perfumar un libro omnisciente que
sólo enumera mapas, lugares.
Algunos amores nos regalan cosas para que uno pueda ejercer con
solvencia su descortés memoria, o tal vez con la delicada
intención de decirnos, a través de un presente, que
ayer el amor era posible. También suele ocurrir que esos
obsequios sólo tienen implícita la egoísta
pero humana intención de decirnos cada vez que veas
mi regalo te acordarás de mí. A veces concretamos
actos para que nos sobrevivan.
Aquella que puso en mi mano, en mi ojal y en mi libro este nomeolvides,
se equivocó conmigo: olvidó plantarlo en mi corazón,
cuando éste era fértil.
Uno también ha regalado nomeolvides. Y uno también
ha sido olvidado. A veces ocurre que las palabras calientes, esas
que en definitiva entibian el aire (no creo que haya objeción
contra este argumento totalmente físico), enfrían,
y al enfriarse tienen la virtud de quedar desintegradas. Y de aquel
amor apasionado sólo queda esa pobre flor que uno llama nomeolvides,
aunque se trate de claveles, rosas o humildes margaritas. A veces
en esto influye la dudosa calidad afectiva de quien ya no
nos recuerda-, no es mal proyecto ser nomeolvides en la página
de un día cualquiera.
Hay amantes que matan una flor para que sobreviva el amor (cuidado,
escriba; Ud. ha tomado por el trajinado callejón de los aforismos
económicos). Y suele ocurrir, ocurre, que ese amor es el
que muere, mientras la flor prosigue sus días secuestrada
entre las páginas de un libro, para peor de males cerca de
Irak y los misiles. Es cuando los pétalos que simbolizaban
el afecto de una pareja, pasan a ejercer el ya fue, el qué
me importa. La pobreza del amor, si pudiera ser detectada, debería
oficiar como la flor del libro: simple asistencialismo del recuerdo.
A quien me regaló esa flor pido disculpas por mi desprolija
memoria. El olvido nunca fue mi plan de vida. Pasa que mi mente
siente una cosa y otra mi corazón. Nunca se ponen de acuerdo
los muy desgraciados; uno dibuja rostros, diagrama fechas, alienta
perfumes; la otra, apaga todas las luces del alma y patea las piedritas
que uno dejó al mejor estilo Adán, para recordar sus
pasos en la maleza y poder regresar a su cueva. Por eso pido excusas
a la damnificada por mi olvido: mi corazón y mi mente no
saben vivir sin querellas.
Alguien, utilizando una flor, me dijo no me olvidarás. Yo
planté su imperativo de ternura en un Atlas. Cuando quise
recordar quién era, se me enredaron los aniversarios. Debo
reconocer que no estuve amable con su afecto, pese a que nos amamos,
parece, aunque no sé; visto a la distancia, el amor semeja
un paisaje que perteneció a ese otro que se ha extraviado
adentro de uno.
Todo este anacoluto fue para decir que he perdido aquel recuerdo.
Si usted es la damnificada y lo encuentra, ruego que lo devuelva
a esta editorial. Eso sí, esta chica: si tiene que tomar
dos colectivos (cosa que uno no desea ni para quienes financian
guerras), déjeselo a algún ciruja que esté
reciclando olvidos; las cosas no están para gastar en pasajes
y esperas por un recuerdo que -digámoslo de una-, ya no vale
la pena.
No te mueras nunca
Noé, el último patriarca antediluviano, estuvo cincuenta
y dos años construyendo el arca, esperando que todo el mal
del Mundo se solucionara, que los hombres pudieran hallar la verdad.
Por ese motivo su demora en terminar el navío. Está
haciendo tiempo, diríamos hoy. Pero cierto día llegó
la orden de Dios, cuando decidió destruir la Tierra con un
diluvio, ordenando a Noé que colocara en el arca su familia
y una pareja de cada especie animal. Entonces, ante el mandato de
Dios y al comprobar que el diluvio ya era impostergable, Noé
dio fin a la construcción del arca. Esta tenía tres
pisos. En el primero iban los animales salvajes; en el segundo nivel,
todas las aves, y en el piso tercero se podían ver los reptiles.
Todas las especies, en organizado dimorfismo sexual.
Según estudiosos del tema, en el libro Apocalipsis
de Noé (o Libro de Noé, del que
se conservan algunos fragmentos), se puede deducir que las tareas
del patriarca eran por demás agotadoras. Debía recorrer
varias veces al día los pisos de la barca para verificar
si todo estaba en orden o para solucionar cualquier contratiempo;
ya sabemos el carácter que ostentan las fieras; el gárrulo
que provocan las aves, o el silencio letal que ostentan ciertos
reptiles. Alguna leyenda dice que en una de sus habituales recorridas
por el navío, Noé percibió serios problemas
en el segundo piso del arca; graznidos, agudos piares y chirridos
en son de guerra lo sobresaltaron. No con cierta calma, sino prescindiendo
totalmente de ella, el patriarca escaló hasta el segundo
piso. Ahí pudo advertir que todas las aves se veían
nerviosas, enemistadas y hambrientas. Denotaban su disgusto con
agudos sonidos que herían los tímpanos del patriarca
y su familia. Todas las aves pedían algo, ya fuese comida,
agua, espacio. El extenso viaje las había puesto en el colmo
de la impaciencia. El abastecimiento de comida no fue solución
para calmar la angustia y el hastío de tan largo viaje. Tampoco
sirvió de mucho que Noé les dijera que ellas pertenecían
a una raza privilegiada, que el Señor había resuelto
permitirles sobrevivir al diluvio para que de ahora en más
pudieran vivir y procrearse hasta la eternidad. En eso estaba Noé
cuando de pronto, en el rincón más oscuro de la nave,
descubre a un ave silenciosa, un ave que no se adhería a
la garulla general. Era el ave Fénix. Ésta se veía
inmutable y silenciosa en su rincón, alejada de toda protesta.
Entonces Noé se acercó al ave inmensa, roja y callada
para preguntarle: ¿Por qué tanto silencio, ave
Fénix? ¿Por qué no pides cosas como las otras?.
Fue cuando el ave Fénix contestó desde su humildad,
tan grande o más que su enorme cuerpo: No pido cosas
para no molestar, Señor. Usted está muy ocupado.
Entonces el patriarca dijo aquello que siglos después haríamos
nuestro: No te mueras nunca, nunca.
Desde entonces, esa ave que nació de la tradición
judía, que luego pasó por Egipto, que sobrevoló
Grecia y se instaló en la cultura romana, sigue renaciendo
ejemplos desde sus cenizas, como aquello que no ha perdido sus valores,
como un ser humano que se inmola para salvar la moral de lo que
ama, como un país que tiene tres pisos sociales que debemos
nivelar entre todos antes que alguien ordene un castigo, un diluvio
social como única solución.
Ojalá que los fuertes vientos del Norte (o la impaciencia
de las sufridas sudestadas), no se lleven lo único que nos
queda después del derrumbe de los últimos años:
nuestras propias cenizas. Desde ellas debemos resurgir luego del
Apocalipsis de nuestra economía. Y ojalá tengamos
la inmensidad moral de aquél ave mitológica, para
molestar lo menos posible a quienes trabajan en rever y solucionar
los problemas enquistados en nuestra mitología Nacional,
males que sólo tienen solución ética y política.
Calles con cierto vuelo
Es muy probable que los primeros pobladores de la zona que hoy
conocemos como Aeroparque, cierta vez hayan decidido, en reunión
con sus pares, que las calles de ese barrio necesitaban tener nombre
para la identificación domiciliaria. De ser cierta esta presunción,
también cabe conjeturar que cierto día Fulano se acerca
hasta el Consejo Deliberante de entonces, que en su mano lleva un
petitorio con el nombre elegido para una calle, que Mengano y Zutano
- renombrados concejales de entonces- hacen que se apruebe la petición,
y que Perengano -a la sazón obrero municipal- tiempo después
llegue al barrio enarbolando escalera, martillo y clavos para fijar
en forma definitiva aquél apellido ilustre en una esquina.
Cabe suponer (Por qué prescindir de solidarias hipótesis)
que así, y no de otro modo, sucedieron las cosas.
No habremos de contar dos veces la misma historia, el por qué
del nombre de las calles. Solo rozaremos alguna particularidad que
en ese aspecto tiene el barrio Aeroparque. Muchas de sus calles
tienen vuelo. Y al decir así nadie debe pensar que, quien
subscribe estas pedestres líneas, pretende fijar una metáfora
o cierta licencia poética, que tampoco se siente influido
por el rasante estruendo de los aviones que, entre otras rutinas,
ostenta la de ahuyentar pájaros o asolar la vecinal siesta.
Cuando decimos "vuelo", vale aclarar, nos estamos refiriendo
a las calles cuyos nombres pertenecen a aviadores que, por sus hazañas,
quedaron en la historia de nuestra aviación.
En distintas ciudades de nuestro país (Y del mundo) se recuerda
los nombres de los hermanos Wright, por ejemplo, que en 1903 dan
el primer salto hacía las nubes a bordo de un aeroplano.
Una calle de Buenos Aires recuerda al primer hidroavión (Plus
Ultra), que en 1926 une nuestro país con España (Nunca
tan oportuno el término Plus Ultra: locución latina
que significa "más allá"). El francés
Roland Garros, más conocido por un torneo de tenis que por
sus hazañas aeronáuticas de ayer, fue el primer aviador
que (1913) cruzó el Mediterráneo a 5500 metros de
altura. Hay más arterias con vuelo. Charles Lindbergh también
tiene su calle en un barrio porteño; en 1927 unió
Nueva York con París en un vuelo tan solitario como dramático.
Por supuesto; nuestras calles y barrios no olvidan a Jorge Newbery,
padre de las alas argentinas que halló la muerte en Los Tamarindos,
mientras se entrenaba para unir la ciudad de Mendoza con Santiago
de Chile, vuelo que después pudo concretar Zuloaga, otro
aviador nuestro, cuyo nombre llevan algunas calles y plazas del
noroeste argentino.
La lista sería inabordable por extensa. Por ello, también
por una cuestión de economía de espacio, jamás
de olvido, no nos ocuparemos de detallar las hazañas de Antoine
de Saint Exupéry en la segunda guerra mundial, sino simplemente
decir que el autor de El Principito inauguró (1929) el correo
aéreo entre Buenos Aires y la Patagonia ("Mientras haya
un par de alas y yo sienta palpitar mi corazón, volaré
hasta el infinito").
Parte de lo expresado fue a modo de preámbulo para recordar
que en el barrio Aeroparque también encontramos arterias
con nombres de aviadores que hicieron historia. Una de las calles
internas recuerda a Carola Lorenzini que, según los hombres
sabios, fue la primer mujer que en nuestro país se atrevió
a acariciar soles, nubes y estrellas. La calle que lleva su nombre
parece entrar en la pista del aeropuerto local, luego de saltar
el arroyo La Tapera. En la misma dirección, de sur a norte,
al bies de la Ruta 2 y lateral a la avenida Della Paolera, también
Bradley parece pedir pista para luego dedicarse a cruzar los Andes
junto a Zuloaga, su vecino de ruta, dibujando desde lo alto gran
parte de la topografía cordillerana. Ello aconteció
en 1916. Otro que compitió con águilas y cóndores,
que en 1918 suplantó a las palomas mensajeras que eran enviadas
allende los Andes, fue Luis Canobio Candelaria, piloto argentino
que también tiene su calle en el barrio que hoy nos ocupa.
Dicha vía pública está ubicada entre Bradley
y Lorenzini, también orientada hacía la pista central
del aeropuerto de Camet.
En el barrio Aeroparque, tan proclive al vuelo, según apreciamos,
existen calles con nombres de otros "voladores"; se trata
de copilotos del sentimiento y del saber, aves de la misma rama.
Estamos invocando a Alfonsina Storni, Aragón, Enrique Santos
Discépolo (Discepolín), Leopoldo Lugones, Acevedo,
Antonio Alice y otros. Pero de sus proezas literarias y pictóricas
nos ocuparemos en otro espacio. Será sobre una pista alta
y metafísica, donde puedan decolar libremente sus llevaderas
alas, sus silenciosos vuelos.
Hormiga Negra
No sólo fue un personaje literario de los diarios La Prensa
y La Razón. Hormiga Negra tuvo vida real. Sus andanzas, a
fines del siglo XIX, quedaron en la mitología del coraje
gaucho. Son muchas sus anécdotas, aunque las referidas al
duelo criollo eclipsan a las demás. (Para proseguir, es necesario
aclarar que este escrito no pretende ser un elogio a su forma de
hacer justicia, sino antes bien conceptuar su sentido ético
de defender aquello que creyó justo. Disculpas por el largo
paréntesis.)
Cuentan que era hombre algo retacon, morocho, que parecía
ser oriundo del silencio, de bajo perfil, como se estila decir ahora.
En cierta ocasión, en un tiempo que el teatro argentino debe
esgrimir, los hermanos Podestá cruzaban los campos de la
provincia con su trashumante circo. Buscaban un poblado donde exponer
su teatro, puestas siempre acompañadas por gran colorido,
músicos, actores y coristas; piezas gauchescas y pantomimas
para todos los gustos, que siempre era el mismo. Una de esas obras
fue número fuerte en el repertorio de los Podestá:
Juan Moreira. Cierta vez pasan por San Nicolás, lugar donde
se dice nació quien hoy nos ocupa. Fue cuando a uno de los
Podestá (José) se le ocurrió esta idea: representar
Juan Moreira, pero con el nombre de Hormiga Negra. La pretensión
del actor era ganar la simpatía de los habitantes del poblado
para que acudieran en forma masiva al circo. La idiosincrasia del
hombre de pueblo no era desconocida para ellos. Hablemos más
claro: los Podestá sabían trabajar su negocio.
La idea fue aceptada por todos. Así fue que cambiaron el
polvo del camino por el de las calles de tierra de San Nicolás.
Luego de elegir un predio donde plantar el mástil mayor,
se dedicaron a publicitar el circo. En la boca de la carpa colgaron
un enorme cartel cuyas letras rezaban "La vida de Hormiga Negra".
Dos acróbatas, de pie sobre relucientes caballos, dieron
la vuelta al perro. Sentadas en las grupas, sensuales
colombinas promocionaban con megáfonos la función.
La idea de los Podestá fue todo un éxito: la carpa
se veía poblada de gente que esperaba con ansiedad el comienzo
de la obra. Entre los muchos paisanos que desensillaban, atando
luego sus caballos en árboles y postes linderos a la carpa,
llegó al lugar un anciano. El hombre tenía cabellos
blancos y arrugas como cicatrices. Sí, era Hormiga Negra.
Al ver su nombre en la carpa, pidió hablar con el responsable
del circo. Cuando Pablo Podestá llegó, el anciano
le dijo qué era eso de usar ese nombre así, porque
sí. Pablo le explicó que eran actores, y que uno de
ellos se haría pasar por un tal Hormiga Negra, hombre de
esos pagos. Fue cuando el mítico gaucho le respondió:
"No voy a permitir que Usted o alguien se haga pasar por mí,
porque Hormiga Negra soy yo. Viejo y todo, como estoy, si alguno
se hace pasar por mí, juro que voy y lo atropello".
Los Podestá quitaron los carteles. Luego explicaron, a los
ansiosos espectadores, que el actor principal había sufrido
una indisposición, y si todos estaban de acuerdo pondrían
en escena acróbatas y payasos, con bailongo final, hasta
que las velas no ardan.
Así de guapo era aquél criollo, quien no quiso que
alguien asumiera su rol, quien sin saberlo- tenía un
sentido ético que hoy nos parece utópico, ética
que sólo tienen los que se sienten libres, los que no buscan
un Mesías que los represente ante el poder y las ataduras
contraídas. Cuán saludable sería escuchar,
aunque fuese por única vez en la vida, a viejos gobernantes
gritar, mientras se golpean el pecho: Esa deuda social es
mía. Si alguien pretende pagarla en mi nombre, viejo y todo
como me ven, salgo al galope por Balcarce 50, desensillo, y juro
que los atropello.
Sí. Tiene razón; utopías de un desvelado.
Sabemos que a estos circos modernos ya no viene Hormiga Negra alguno.
Ese tipo de hombre forma parte de nuestra historia doméstica,
como los compromisos que debemos asumir en nombre de los que instalaron
esta Mise en Scéne de nuestros días.
No me vengan con perros callejeros
Faltaban tres cuadras para llegar a casa, cuando siento que alguien
me sigue. Doblo en la esquina, y mi perseguidor detrás de
mi sombra. Faltó esto para girar sobre mis talones y preguntarle
qué le sucedía conmigo. Pero los perros, si tienen
una virtud, es no decir palabra alguna. Detuve mis pasos, y el animal
negro y enorme detuvo los suyos. Nos miramos a los ojos, como Duhalde
con Bush. Yo ensayaba posibles nombres y apelativos. Se me ocurrían
aquellos que tuvieran que ver con su porte: Capitán le
dije. Pero el ovejero ni se inmutó; sólo movió
la cola en señal de frío, frío, chabón.
Lobo, Lobo, fue mi siguiente intento. Pero nada. Entonces pensé,
si no es Capitán ni Lobo, éste debería
llamarse Negro o Zorro. Cuando dije Zorro comenzó
a saltar con euforia de riverplatense, poniendo todo su entusiasmo
sobre el nicotismo de mi pecho. No caí al piso gracias a
la bondad de un árbol, contra el que me lengüeteó
en señal de gracias. Seguí camino a casa, Zorro tras
mis pasos, monitoreando mis intenciones (disculpe, Borges, la ineficaz
metáfora del neologismo).
Una vez terminada su gestión, no me olió más,
como diciendo: a falta de mejor calidad y analizando la coyuntura
socioeconómica de estos tiempos de pobreza irrepetible, no
vienen mal segundas marcas (hay perros que arman bastante bien las
frases de sus discursos políticos, ¿vio?).
Cuando llegué a casa, toqué timbre para darle una
sorpresa a ella. ¿Vos también hacés bromas,
como la Bullrich? dijo mi mujer - ¿Y el monstruo ése?.
Le contesté que no era un monstruo, sino un ovejero cruzado
con gliptodonte. Pero ella se fue a la cocina, porque hoy
no estoy para el humor fino. Además, se me quema el tuco.
Tomé por el pasillo del costado y fuimos al patio trasero.
Los chicos, al ver a Zorro, exclamaron: papá ¡nos
compraste un petiso!. Hube de hacerlo ladrar para que enmendaran
ese concepto. El animal se comía todo, lo duro,
lo blando, lo triste. Tenía una virtud; no escondía
los huesos, los masticaba.
La primer noche que pasó en casa estuvo tranquilo; en la
segunda lloró en forma permanente. Pensé: mañana,
ella me hace un escándalo. Pero no, floreció el instinto
maternal: pobrecito, debe extrañar. ¿Y si lo dejás
salir? Tal vez encuentre el rumbo perdido. Entonces lo llevé
a la vereda, ocasión en que los vecinos guardaron los abuelos
por temor a que Zorro los deglutiera, como hicieron algunos tipos
con el PAMI. El animal comenzó rastreando el piso. Luego
autografió dos hermosos tilos antes de doblar en la esquina.
Fue cuando lo perdí de vista. Llegó la tarde y el
perro no volvía. Se armó la noche y Zorro sin aparecer.
Habrá hallado los olores queridos filosofó
ella.
Esa noche soñé que Zorro horadaba puertas con sus
pezuñas, ladrando con fuerza. Soñaba, también,
que mi mujer me daba codazos para despertarme. Pero no era un sueño.
Cuando abrí, Zorro saltó, poniendo sus enormes patas
sobre mi pecho. No caí de espaldas gracias a la enorme lámpara
de pie. El animal había regresado muerto de hambre, de frío
y afecto. Uno de mis chicos preguntó por qué abandonan
perros en la calle. Hay gente que no puede mantenerlos le
dije-. Entonces salen a buscar comida junto a otros que les pasan
bichitos y otras costumbres.
Cierto día oímos la voz de un locutor diciendo: Se
desea conocer paradero de ovejero alemán negro. Responde
al nombre de Zorro. Luego dieron números telefónicos.
Quedaron en venir mañana, por la tarde, ¡justo
que yo tenía un impensado compromiso...!
Los días que no trabajo me asomo a la vereda y miro los
pibes jugar a la pelota en la calle. Pero, qué bien la toca
el chiquito aquél; cómo la mata con el
pecho el hijo de Parisi; qué bien le pega el gordito tres
dedos.
Al terminar el picado entré a casa porque está
listo el mate, viejo. Hoy estrenamos yerbera, azucarera, mate y
bombilla, ¿viste?. Era el regalo que nos dejó
un señor de auto y corbata porque le devolvimos el perro,
un ovejero que aquella tarde creyó ver en mí una segunda
marca.
Palomas esotéricas
Entre los mail que uno recibe, bajan negras, blancas, grises. Y
eso está bien, son las reglas de este juego que nos gusta
y hemos decidido jugar, la comunicación, que significa ida
y vuelta. Así está establecido y así lo respetamos.
Ese ejercicio diario nos sirve para conocer nuestros errores, para
evitar vivir sentado sobre un trono de cristal, como
opina Alejandra M., crítica lectora de éste que escribe.
También este tipo de enlace, que llamamos mail, nos sirve
para corroborar algún esporádico acierto compartido,
el que seguramente ha contado con la inestimable ayuda de dos adláteres,
los populares trabajo y azar (éste dice presente sólo
cuando tiene el visto bueno del primero).
Ha corrido mucha tinta por los canales de la comunicación.
De aquellas palomas -que parecían mensajes del más
allá, como si Dios las enviara para quienes saben leer ciertos
vuelos-, nos fuimos a los chasquis, al telégrafo y al cartero,
que no siempre llama dos veces. En ese aspecto ha evolucionado más
la técnica que las novedades a compartir; éstas son
más o menos las mismas, hablemos sobre guerras, paz, pobreza
o bonanza económica. Y hasta suena paradójico que
hoy, con toda la alharaca técnica, el modernismo no nos vea
tan comunicados como necesitamos.
Es que la comunicación no es sólo la transmisión
de mensajes de una persona a otra, sino un comportamiento social
donde se usa el lenguaje, sí, pero unido a factores sociales,
como por ejemplo, la forma de dirigirse a otro, de escuchar atentamente
o no, de esperar una respuesta. En eso estamos.
Cuando Susy Scándali (quien rescató a este escriba
del ostracismo literario en el que vivía, dándole
un espacio en el diario) me sugirió dale, Julio; poné
tu mail al pie de tus escritos, vas a ver la respuesta increíble
de los lectores, uno no supo imaginar los mensajes que habría
de recibir. Fueron de todo calibre, algunos disparados a quemarropa,
otros apuntando al centro de los sentidos. A todos he contestado,
tratando de ser razonable con los exaltados, visceral con aquellos
más afectivos o sensible ante el pedido de auxilio para ese
alguien ganado por el hambre. Sólo no han tenido respuesta
aquellos que juegan con las cadenas del esoterismo. Y en ese aspecto
he quedado sorprendido, pues cierta gente, conocida desde siempre,
me envió mensajes esotéricos que en sí traían
una suerte de estadística macabra, detallando quienes murieron
al no cumplir con la prosecución de dichos mensajes. Si un
día de éstos este escriba pierde la vida, no ha de
ser por haber cortado esa cadena, sino por la tristeza que produce
la ignorancia pavimentada. Esa cadena guarda lecturas muy importantes:
la primera se relaciona con el poco conocimiento que teníamos
sobre la persona que nos envió el esotérico texto;
la segunda, el escaso conocimiento que esa persona tenía
de uno. Aquél que lee estos apuntes, escritos con esperanza
de mejor éxito, sabe cual es nuestro sentir en lo social
y en qué nos gusta malgastar o invertir palabras; hasta puede
sospechar nuestra inclinación (no he dicho genuflexión,
nótese) política.
Mis lectores saben que contesto todo lo que me tiran, sea con munición
gruesa y a quemarropa o dardos celestes al corazón, si se
me permite ésa noble vulgaridad. Eso sí: jamás
contestaré (¿qué te pasa, Marta querida, estimada
Alicia?) mensajes esotéricos avalados por el miedo o porque
las brujas no existen, pero..., conjunción adversativa
que denota grados elevados de ocultos temores o enorme dosis de
hastío. A quienes desperdician tiempo y talento en esos menesteres,
que reclutan socios en el temor, les digo que tengo noticias para
ellos: sólo creo en los mail que bajan criticas contra los
errores de éste que escribe, o aquellos que nos invitan a
participar en una campaña mundial contra el presidente
del planeta, quien anuncia su próximo crimen en nombre de
Dios y la democracia. También acepto los mail que me
acercan alguna tibieza impensada o la respetable indiferencia de
quien lee estas palabras y luego cierra el diario despectivamente,
pues considero que Ud., señor periodista, fiel a sus
principios, tampoco hoy ha dicho nada importante.
Instrucciones para quedarse solo
La última vez que fui a Buenos Aires, hará un par
de semanas, desde Constitución tomé el subte hasta
Lavalle. En el hacinado andén me esperaba el tema que dio
título a estas líneas: un muchacho leía poemas
de Mario Benedetti, de Juan Gelman y de Evaristo Carriego mientras
la gente corría llevándose puesto a todo aquél
que obstruyera su paso. Un viejo y gastado guitarrista le acompañaba
el sentimiento con un Bach también abocado a la fuga, aunque
interna. Demás está decir que nadie se detenía
para oírlos. Y demás está decir que la gorra
-novísimo ente recaudador que se ha instalado a la vera del
arte callejero-, se veía como las arcas de nuestro Tesoro
Nacional: sin el salvador sonido de dos chirolas que, al rozarse,
hacen las veces de diapasón. Esta es una de las tantas maneras
de quedarse solo pensé-. Si ese fuera el plan de aquél
dúo, había alcanzado con creces el objetivo.
Cuando me visita una idea me enamoro de ella y siento necesidad
de fijarla en un papel. Es cuando necesito estar solo. Claro; viendo
luego el escrito, más de un lector se sentirá facultado
para decir no hacía falta involucrar a su pobre soledad
para escribir eso. Y tendrán razón: ningún
escriba ha abolido el hambre o la desocupación gracias a
los oficios de un poema o escritos en diarios de circulación
nacional. Quiero defender el concepto: ni la Constitución,
escrito madre, si lo hay, ha resuelto alguno de los problemas citados.
Sólo prolija sintaxis con buenas intenciones. Después
de lo dicho, creo que he quedado más que solo en mi intento,
pese a que Tino, nuestro perro, entró en querellas con un
gato ocasional.
Pero sólo he citado a quienes necesitan soledad para hacer
tareas intelectuales, las tendientes a no cambiar un ápice
las cosas. He olvidado que hay gente que necesita estar sola aunque
no desarrolle esos trabajos del alma.
Un buen método para estar solo es denunciar, ante los organismos
internacionales, que el arma más peligrosa que ha empleado
el poder hasta hoy es el hambre y la soberbia. Esa no falla. Pero
ésta también es muy eficaz, anote: arroje Ud. un pensamiento
crítico que diga vivimos en un mundo unipolar, donde Estados
Unidos se ha lanzado a la conquista del planeta y sus alrededores.
Esa también es buenísima para quedar solo como país,
créalo. Si Ud. no es amante de la historia ni del arte, alégrese:
sepa que existen otras variantes muy felices para quedar solo. Hurgue
y encontrará. Alguien, asesorado por un sentimiento noble,
dirá que sólo los muertos están solos. Mi intención
no es desalentar a ese alguien, pero ellos no están solos
si alguna vez dejaron una luz, una señal digna de ser recordada.
Presiento que otro lector levantará la mano para decir entonces
los criminales sí están solos, flaco. Objeción,
le diré; quienes cometieron crímenes de lesa humanidad,
no siempre juegan al solitario. Hitler, por ejemplo: aún
lo acompañan esvásticas acciones. Si Ud. se declara
incrédulo ante esta afirmación, ruego consulte qué
libro es reeditado todos los años -con lamentable éxito-
en el mercado editorial europeo. Sí, Mein Kampf, del fürer.
Es que a muchas editoriales sólo las desvela un estandarte
verde y global llamado dólar, aunque sus gerentes no usen
bigotitos ni electrifiquen los alambres de púa que circundan
sus campos.
Pero el método más seguro para quedarse solo está
en la política autóctona: encabece Ud. una lista;
prometa poner la casa en orden, diga que no los va a defraudar y
que juntos somos más los aburridos. Luego, si gana las elecciones,
contradígase como corresponde a todo buen político,
adhiriendo al gatopardismo, filosofía cumbre de nuestra historia
política. ¿Dice que quiere quedarse solo pero que
no le interesa lo político sino todo movimiento sociocultural?
Está bien, desventurado lector; Ud. sabrá lo que hace,
ya es grandezuelo. Entonces, alentando ideas ácratas, cierta
rebeldía social o vinagreando en la página de un diario,
Ud. puede lograr el anhelado objetivo de quedarse solo. Eso sí:
luego se ha de bancar (deploro usar ese desdichado neologismo) esa
soledad. ¡Ah!, Qué memoria la del escriba: olvidó
decirle que tener cierta sensibilidad social, también es
excelente receta para quedarse solo. Sí, demasiado solo.
Milton y la oscuridad
Un rico comerciante inglés, admirador del gran poeta Milton
(1608-1674), cierta vez quiso rendirle tributo y no halló
nada mejor que obsequiarle una edición auténtica de
la Biblia impresa por Gutemberg doscientos años antes. Al
recibirla, el autor de "El Paraíso Perdido" y de
"Soneto Nº 20", dicen que dijo ¿Tener
una joya que no brilla? ¿Qué sentido tiene, señor?
¡Llévesela, por favor!
No fue desprecio por el donante, ni por el libro o el contenido
guardado en él; Milton había quedado ciego un poco
antes y ni siquiera una obra de aquella importancia podía
consolarlo ("Cuando pienso que mi luz se ha gastado/ Y hay
noche antes de promediar el día...").
El gran poeta y ensayista político no pudo disfrutar de
ese libro ni del triunfo de la técnica, es decir; del advenimiento
de la máquina, agonía de artesanos y surgimiento de
tecnócratas.
Hoy, la tecnología ha avanzado a trancos de desmesura, más
que las posibilidades de mucha gente de acceder a lo científico.
Es que se ofrecen cosas que sólo están al alcance
de quienes integran los circuitos del poder económico, los
que promocionan la venta de máquinas que fabrican máquinas,
como automóviles alejados de las posibilidades reales de
un trabajador común, o técnicas a favor de la salud,
adelantos científicos que raramente pasan a diez centímetros
de los hospitales, a no ser que una mano Divina se digne señalarlo.
Sabemos que muchos de nuestros compatriotas morirán sin
haber trajinado por los pasillos de las universidades, las que seguirán
enhiestas gracias a sus aportes en forma de impuestos.
Es noble decir que la técnica ayuda para el advenimiento
de una vida mejor; que puede ser la intermediaria entre el pensamiento
y la acción del hombre de este siglo; que sin ella nos reduciríamos
a ser puro espíritu, y que hasta actúa a favor de
quienes preferirían que el ayer se detuviese para siempre
en la esquina que han elegido para estancarse en los recuerdos,
en vez de utilizarla para reconstruir y analizar el pasado y entender
el futuro. Tampoco estamos en desacuerdo con quienes dicen que gracias
a ella y a la constante búsqueda, los hombres comunes gozamos
de la imaginación de seres especiales, los científicos,
los que sueñan con un mundo perfecto utilizando la tecnología.
Pero ello no nos impide sospechar que hemos avanzado más
en la razón que en los sentimientos; que lo cerebral ha corrido
más rápido que el corazón (o el órgano
o víscera que Ud. crea que alienta los sentimientos más
puros); que suman millones los Milton que no vieron, no ven, ni
verán los prodigios de la técnica, que sólo
han de conformarse con los avances del alma, hecho que no estaría
del todo mal, pero que no alcanza para seguir las pautas de los
que indican y organizan el futuro, creando máquinas y tecnologías
que vienen a descartar gente, a decirnos usted puede pasar, pero
usted siga en lista de espera.
Desde Newton, la ciencia sabía cómo llegar a la luna;
desde Newton, los que manejan los destinos del mundo saben quienes
no tendrán acceso al espacio de los conocimientos ni avances
científicos.
Es algo semejante a lo que ocurre con el cosmos: es ley internacional
que ese espacio nos pertenece a todos, pero esos todos sabemos que
nunca llegaremos a él, que unos pocos se han adueñado
del espacio celeste para clavar sus banderas y convertirlo en voraz
negocio desde donde poder promocionar sus virtuosos productos. Nos
referimos a esos gigantes del norte que siempre nos miran desde
las alturas de la soberbia a los miles de millones de Milton que
vivimos en este infernal costado del mundo, en esta prolongada oscuridad
("Vio aquel lugar triste, desbastado y sombrío; aquel
antro horrible y cercado que ardía por todos lados como un
gran homo. Aquellas llamas no despedían luz alguna, pero
las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir
cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa en donde
la paz y el reposo no pueden habitar jamás").
Cuatro siglos no es nada
Leí el Quijote por primera vez, respondiendo a exigencias
de estudio.
Recuerdo que el adolescente que fui no entendió el mensaje,
no entendió el idioma, no entendió nada, ni el porqué
ni el para qué de aquella obra, tan festejada por sus mayores.
No obstante, quedó en mis sentidos algo inédito, una
suerte de misterioso aletear mezclado con magia, percepciones que
ese texto supo despertar en éste que escribe, como si en
él se activaran resortes internos que le pertenecían,
resortes del alma, por entonces virgen de emociones, que suelen
ver la luz gracias a algún escritor capitán
de almas.
Cuando pasaron aquellos interminables años de estudio forzado,
me dediqué a leer el Quijote por segunda vez, quizá
para comprobar si aún vivía aquella emoción
primera, o tal vez para sentir en mis tripas aquellos latidos que
de tan humanos parecían irreales, parecían de otro.
A medida que avanzaba en los capítulos, me decía
a estos tipos yo los conozco, los tengo visto, coincidiendo
con Giovanni Papini -el escritor de los pagos del loco Petrarca-,
quien decía estos seres que nunca fueron de carne,
tienen un alma en la nuestra. Y eso siempre fue verdad; conocemos
sus hábitos, conocemos sus pensamientos, sus gustos, y hasta
adivinamos qué harían o que dirían en circunstancias
trágicas como la de Cromañón, por ejemplo,
el paro de subtes, o el remozado aumento de la canasta familiar.
Es más: en ves de vestir armadura, las criaturas de Saavedra
hoy visten ropa jean, sotana o look linyera. Y hasta suelen hablar
idiomas que nada se parecen al castellano antiguo o actual. Además,
aquellos molinos no son otra cosa que los señores del FMI;
contra ellos pelearía el hombre manchego si pretendieran
adueñarse de ínsulas con solo ocasionarles deudas.
El Quijote actual, tal como el cervantino, no puede, no podrá
con esos molinos, símbolo de una globalización que
no fue pensada para todos.
Han transcurrido cuatrocientos años, pero los personajes
que fueran gestados en la cárcel y en la mente de un manco,
están vivos. Los vemos integrados a la tragedia colectiva
diaria, pese a lo graciosas que puedan parecernos sus andanzas de
vida. A la rústica y maloliente Dulcinea del Toboso, en vez
de mondar granos la he visto juntando cartones en la zona céntrica,
dueña de una tristeza que heredó de su padre, el desamparo;
a Sancho Panza lo podemos encontrar detrás de todas las promesas
que nos han tirado algunos espantajos políticos, nada quijotescos,
por cierto; a Don Quijote lo encontramos en todos los rincones,
lo mismo que a su ladero, aunque uno esté en la mística
y el otro en la dura realidad de la plebe. Y digo más: haga
usted esta sencilla experiencia, señora, señor: mírense
en cualquier espejo, en cualquier vidriera al paso. En ese fugaz
acto de pesquisa de identidad personal, comprobará cuál
de los personajes de Cervantes es usted, si el pastor pobre, si
el arriero, el labrador, el artesano, el pequeño burgués,
uno de los poderosos o el clérigo. Inténtelo. Yo cumplo
a diario con esa prueba de identidad; a veces soy el Caballero de
la Triste Figura, en otras, el rudimentario ladero o alguno de los
sosías que fueron de ejemplo. En las páginas de Cervantes
estamos todos en la fila. En el Cap. 38, el Quijote ironiza, sin
propuesta previa, pero con enorme poesía, sobre las armas
y las letras. Nos hace recordar que éstas están siendo
eclipsadas por la fuerza bruta. En el Cap. 5°, Sancho Panza
pretende embarcar a su familia en un desarraigo incierto. Su intensión
es salir en búsqueda de ínsulas y riquezas, pues su
oficio no es muy requerido. Su mujer trata de explicarle que ella
no necesita ínsula alguna, porque es muy feliz con lo que
tiene.
Al morir Don Quijote, el llanto inconsolable se adueña de
Sancho. Pero éste no llora al amigo muerto, quien le hizo
conocer la mar, quien le dio jerarquía de gobernador;
Sancho llora una muerte más humana aún, más
cruel; la muerte de los sueños, de la fantasía, de
su incipiente vuelo final. Sancho sabe que a partir del día
después, tendrá que regresar a sus rutinas, a ennoblecer
sus miserias, a trabajar la tierra para enterrar aquellos sueños
altos, intransferibles que ahora vela. Uno supone que ésa
misma sensación es la que sentimos al volcar la última
página de la gran realidad cervantina, sabedores que en el
próximo libro a leer, seremos otros.
Okupas
Quienes vivimos en la ciudad, sabemos que en muchos barrios existe
gente que ha usurpado viviendas so pena de que no están dentro
de los círculos sociales, so pretexto de que el trabajo no
golpea sus puertas, o que son familia numerosa, con muchos niños
y otros que están en vías de serlo. Quienes los amparan
alegan cosas que se pueden comprobar, que esas familias no escatiman
ancianos, niños y adolescentes, así como perros que
ladran a destajo mañana, tarde y noche, animales que se sacuden
para quitarse de encima esas vividoras okupas que suelen ser las
garrapatas.
En muchos barrios existen familias así; sabemos que si una
piedra atraviesa la tarde, teniendo como destino nuestras pacientes
persianas, proviene de los pibes y sus redimidas gomeras; todos
sabemos que cuando hay un espante de gorriones, es culpa de esos
gritos obscenos que se aprenden en el desamparo, vocabulario que
no ha de enriquecerse jamás si la escuela está ausente
de sus planes, de sus proyectos de vida, que no superan esa ambición
que consiste en cruzar la jornada que están viviendo lejos
del día después, que para ellos es un viaje con destino
de azar o qué sé yo.
Para ocupar una casa, antes hubo de haber un indicio válido,
un informante, rufián que les allanó el camino de
las dudas convirtiéndolas en certeza, alguien que supo indicarles
cómo legalizar la inmoralidad. Ese alguien también
es un okupa, pero de éticas de conciencias, sabedor de que
las leyes protegen a los usurpadores, porque hay niños, no
escasean ancianos y no falta la adolescente embarazada. De nada
sirven las denuncias de quienes heredaron esa vivienda, y menos
aún hablar con los okupa para pedirles la casa; se burlarán
de sus justos reclamos. Ello se torna más incierto cuando
el damnificado tiene lugar donde vivir o cierto buen pasar.
Algunos usurpadores hasta escriben leyendas en los paredones vecinos,
carteles que rezan somos ciento por ciento Okupas, como
si lo de ellos fuera una conquista social lícita, como enganchar
la luz o hacer de la calle un campo de fútbol, con grito
de gol incluido. Ocurre que desde las organizaciones estatales no
parte un plan permanente de viviendas para quienes hoy nos ocupan.
Es cuando el Estado se hace cómplice de esa usurpación,
aunque vale aclarar que nadie debe vivir en la calle; antes del
desalojo, el Estado tendría la obligación de conseguirles
una vivienda digna.
El ejemplo de adueñarse de una propiedad ajena, quizá
no lo aprendieron al leer Casa Tomada, texto de Cortázar;
quizá hayan tomado como ejemplo válido lo que ven
en la tele: países que se adueñan de territorios o
naciones, como Inglaterra con las Malvinas, aquella Turquía
con aquella Armenia, estos yanquis con esta Irak (previo pensamiento
en Irán, claro), sin restarle memoria a los intentos de Hitler,
que durante meses fue Okupa del mundo.
También existe gente e instituciones que se adueñan
de espacios que no tienen forma de país o vivienda, pero
que nos pertenecen. A esos espacios, algunos lo denominan futuro.
Es distinto a tomar una casa, una Nación u objeto cualquiera.
Tiene aristas más delicadas, porque si nos usurpan el futuro,
al llegar a él encontraremos cambiada nuestra identidad de
vida.
En el saber, históricamente ha habido usurpadores, gente
que nos cercó con alambrados culturales, reglamentando a
su antojo todo lo que fuese cultura militante o académica,
gente que sólo nos ha permitido cirujear en el tacho de la
cultura, donde sólo hubo despojos, basura cultural.
Ocurre que aún tenemos miedo de reclamar, por aquello de
que la justicia suele ser un bumerán que finalmente se nos
cae encima.
"Uno de los caminos seguros que conducen al futuro verdadero
porque también existe un futuro falso- es ir en la
dirección en que crece tu miedo", ha escrito Milerod
Pavic, poeta serbio. No estaría mal usufructuar las dificultades
que ofrece el temor, para convertirlas en espacios de conciencia
colectiva. ¿Dónde están los hombres justos
del mundo? Los necesitamos. Alguien debe protegernos de los distintos
tipos de ocupación a que estamos expuestos (sin excluir aquella
pobreza que origina ilícitos), vivamos en La Haya, en nuestra
seductora ciudad o en la esquina de Júpiter y las estrellas.
El regreso de la lechuza
Siempre me produjo cosas extrañas -con perfiles que rondan
lo exotérico-, ver una lechuza parada sobre postes de alumbrado
o en los alambres que cercan los campos, al costado de los caminos
de tierra que uno llegó a transitar cuando era pibe pueblerino.
Recuerdo que al ver esas aves, mis mayores cerraban la mano, para
luego hacer, con los dedos índice y meñique, en complicidad
con las creencias, dos cuernos, arma que consideraban eficaz para
contrarrestar todo tipo de maleficio en aquellos entonces, cuando
era fama ver en la lechuza un pájaro de malos augurios.
En nuestro país se convirtió en atavismo cultural
el ocurrente sentir del pueblo, que le puso nombre de animales a
algunas personas. Por tal motivo muchos ganaron el mote de ratón,
gracias a su tacañería; de cuervo, a quien hacía
usufructo de la desgracia ajena; de gata, a la muchacha sensual;
de víbora, a la mujer que destilara maldad; o simple pato,
si la persona era de andar en engorros o no tenía una chirola
en el bolsillo.
El apodo de lechuza debe ser uno de los más antiguos en
el decir popular, pues su fama ha llegado hasta el diccionario a
modo de el que anda en comisiones y se envía a los
lugares a ejecutar los despachos de apremio y otros semejantes.
Por supuesto: en el mataburros también figura la explicación
zoológica, es decir, Ave estrigiforme, cabeza grande y redondeada,
ojos rodeados de grandes círculos radiales de plumas, pico
corto, plumaje claro, académico prontuario que importa a
pocos, como saber que se alimentan de pequeños mamíferos,
lagartos y serpientes.
Guillermo, un médico amigo, me cuenta que hace algunos años,
en el hospital abundaban las lechuzas. Así le llamaban a
esos señores que recorrían salas averiguando qué
paciente estaba por cambiar de barrio, como en el decir de Borges,
se mudó a un barrio vecino, el de la quinta del ñato,
en clara alusión al cementerio.
Esos tragicómicos señores, al parecer tenían
salvoconducto para entrar a revisar las salas del viejo Hospital
Mar del Plata, pues eran los adelantados de algunas funerarias,
cuyos dueños esto lo damos a título de sospecha,
no de certidumbre- les conseguían autorización para
que sus rufianes preferidos trabajaran con cierta cómoda
impunidad.
Este que escribe vivió una experiencia semejante al morir
su tío Emilio (el querido e inobjetable Brais): la parca
lo encontró en el bar de la esquina, mientras celebraba haber
cobrado la jubilación. Dicen que mi pariente murió
de sorpresa, más que de fugaz alegría, nunca lo sabremos.
A la hora de habernos enterado de la infausta nueva, alguien toca
el timbre de casa. Era un señor bien vestido y bien hablado
que venía a ofrecer las delicias y bondades de una empresa
de pompas fúnebres, con una corona de yapa. Los términos
empleados aquella vez, cuando prescindí de mi formal cortesía,
no son muy académicos para fijarlos en estos apuntes.
Viendo cómo se desarrollan algunos hechos, donde muchos
profesionales de la medicina son acusados de mala praxis, uno se
pone a pensar en el regreso de la lechuza, es decir, del rufián
en pos de su cometa. Es que trabajar de médico
en estos días, parece una tarea insalubre, al menos para
la faz síquica. Uno carece de certezas, pero aquello que
nos dice el saber de todo lo vivido últimamente, nos hace
sospechar que las lechuzas están de regreso, esos informantes
de otrora, quienes le dicen a la recién intervenida quirúrgicamente,
creo que a usted la operaron mal, no era necesario que le
extirparan el ovario, o me dijeron, Sr., que usted
no tenía un problema de cálculos, sino otra cosa.
Luego de remontar sospechas, viene la invitación al consabido
juicio. Ante cualquier duda del consultado porque yo no quiero
meterme en líos, la lechuza comienza a barajar sumas
más que interesantes, medio palito para usted y el
futuro de sus hijos.
Éste es buen momento para emplear la teoría cuántica,
según la cual existe un infinito número de mundos
paralelos, donde todo se relaciona con todo. Decimos así
porque creemos que las lechuzas han regresado y están en
todos los ámbitos. Hasta es probable que alguna de ellas
esté parada sobre estos renglones, viendo la posibilidad
de entablar un juicio contra el firmante, riesgo judicial del que
los escribas no estamos exentos.
Monólogo interior
Cuando era chico, primero conocí las dudas, rato después,
el miedo, aunque los dos, en cierto modo, estaban relacionados entre
sí; a las primeras me las presentó un hecho familiar:
ver a mis viejos y demás parientes de pie y en silencio,
ante un féretro ubicado en una de las habitaciones de casa,
con paredes tapizadas de flores, aroma a café y pañuelos
blancos, que tenían secreto luto de lágrimas.
El niño que fui hubo de crecer para poder comprender aquel
ritual auspiciado por la muerte, quien por entonces ordenaba ropa
negra para las mujeres y brazalete oscuro para los hombres de la
familia en desgracia. Ciertas informaciones las suministra el tiempo,
quien espera con paciencia a nuestra adultez, para explicarle el
origen de ciertos llantos y el duelo que vive en la mirada de nuestros
viejos. Luego, algún hombre sabio me aclaró las dudas
sobre la condición de finitud del ser humano, diciendo que
no somos más que un cuento bien contado, con inicio, desarrollo
y final. Esa revelación de final me preocupó, aunque
la alivié al pensar que estaba a miles de kilómetros
de la vejez, lugar al que he arribado hace diez minutos nomás,
sin vítores, sin podios, sin suelta de palomas.
El otro dilema, el miedo, no era causado por temor a la muerte,
tampoco provenía de la clásica oscuridad ni de los
personajes míticos con que nuestros familiares -tan simples
en los manejos de las herramientas sicológicas-, nos apuraban
para que tomáramos el riquísimo aceite de hígado
de bacalao o nos dejáramos aplicar aquellas ventosas, que
dejaban en nuestra espalda, morados semicírculos que aún
nos arden desde el recuerdo.
El miedo que digo estaba centrado en esa voz interior que nos acompaña
desde siempre, voz que ordenara algún insulto necesario,
pero sin decirlo, o que tenía como costumbre refutar los
mandatos de los mayores, pero en silencio, y que en otras también
me hacía monologar con el asunto de la muerte o criticas
al fuerte olor a frituras de la profesora de piano, mientras la
otra, la voz que realmente dábamos a conocer para mal identificarnos,
eran emisoras de consignas más dóciles, más
complacientes y hasta empalagosas a veces.
Esa voz, ese discurso interior que fue gran preocupación
en mi infancia, no lo podía compartir con nadie, pues temía
parecer un tipo raro, distinto, cosa poco aconsejable por entonces
y siempre. Conversarlo con mis padres era atentar contra mi salud,
pues me llevarían al consultorio del único médico
del pueblo, viejo e insulso señor con quien nunca había
tenido buenas migas, pese a que gracias a él conocí
la tortura de las inyecciones, el horrible sabor de la emulsión
de Scott, o la experiencia de sentir que a uno le cosen la cabeza
con hilo y aguja semejantes a las que usara mamá en el zurcido
de medias, cuando ponía dentro de éstas un mate adecuado
a esas peripecias domésticas.
Cierta vez que mi timidez tuvo asueto, le comenté mi preocupación
a mi amigo Hugo. Me sorprendí cuando me confesó que
a él le pasaba lo mismo, que en su adentro había una
voz que siempre emitía los pensamientos de modo crudo, sin
procesar, voz que le hablaba sobre el temor a la muerte, inclusive.
También me dijo que había apaciguado su dilema, esa
voz interior, al leer El otro yo del doctor Merengue, historieta
de entonces. Fue la revelación esperada para sentirme mejor,
sabedor que mi problema era compartido y que podía vivir
sin culpar a ese intruso que me hacía decir cosas para adentro,
pensamientos que rara vez escaparon de mí, pues no contaban
con el aval de mi coraje.
Esto certifica lo dicho, que ciertas informaciones las suministra
el tiempo, quien espera con paciencia a nuestra adultez, para explicarle
aquellas cosas que se nos presentaron como inexplicables.
Ya adolescente, al comentar con uno de mis maestros de vida aquella
rara experiencia de infancias, me dijo que muchos solucionaron esa
cuestión de modo muy simple: intentando dibujar, dándole
carácter artístico a una madera o forma literaria
a esos murmullos internos, fueran irreverentes, poéticos
o de corte social. Y en ese quehacer estoy. Sin ir más lejos:
este apunte que usted termina de leer, lleva firma de mi monólogo
interior.
Yo
vengo a ofrecer mi corazón
Cuando voy por calles céntricas, especialmente cerca del
Municipio o el veredón de la Catedral, suelo clavar mi firma
en todo papel que ande de tristerías, desesperado o con dejos
de bronca, de esas que tienen futuro. En ese aspecto (y en otros
que no viene a cuento detallar), me anoto. Por eso, cuando la muchacha
recolectora de firmas para donación de órganos me
explicó el trabajo que está realizando el Incucai,
no dudé en firmar. Antes le expliqué que mi voluntad
está mejor que mis pulmones, que éstos necesitan alumbrado,
barrido y limpieza, pues se mofaron de la 23344, graciosa ley pintada
con nicotina, que colonizó mi territorio pulmonar. También
le advertí que siguiera el ejemplo de algunas mujeres, que
se olvidara de mis ojos, propietarios de una miopía que sólo
Demócrito podría envidiar. Además, le advertí
que en esa lista figurara el prontuario de mi hígado, receptor
de excesos sustantivos y metafísicos que lo tienen a mal
traer al pobre. Luego le detallé las partes que me funcionaban
graciosamente bien; pero la muchacha no se entusiasmó demasiado
con ello. Sólo anotó que mis riñones eran como
el aviso de venta de algunos autos usados: única mano persona
mayor, y que mi corazón eglógico y sencillo/
se ha despertado grillo esta mañana (¡Salud,
Conrado Nalé Roxlo!).
En general somos remisos en donar nuestros órganos. Preferimos
dárselos a la consideración de los gusanos antes que
a alguien que los necesite para el nuevo prefacio de su vida. Desconocemos
los porqués, los que sin embargo podemos conjeturar: muchos
se amparan en cosas esotéricas, que puede haber otra vida
y que sería bochornoso regresar incompleto, con un faltante,
sin hígado, pulmones o sin corazón. Quien así
piensa tal vez ha perdido ese corazón y no lo sabe. Para
constatar su presencia, no estaría mal hacernos un electrocardiograma
o simplemente tomarnos el pulso para ver si aún lo tenemos
o hemos vivido prescindiendo de su importante bombeo físico
emocional.
La negación o el temor a donar nuestros órganos,
quizá responda a una idea ególatra, donde la persona
se siente el centro del Universo, que después de sí
no hay nada, ningún latido, que todo muere con ella. ¡Cómo
explicarle que la vida aprendió a seguir su curso sin nosotros,
que la única manera de continuar vivos es dejar señales
en el sendero o gracias al órgano donado, que debido a ese
gesto humano nos habremos recibido de recuerdo imborrable!
Históricamente, el hombre quiso prolongar la existencia
humana. Antes de Barnard -que desde Sudáfrica logró
que el mundo latiera gracias a que inauguró una época
de corazones intercambiables-, otros médicos jugaban su prestigio
ético y profesional en aras de la misma causa: la extensión
de la vida. Hemos fichado algunos ejemplos válidos: en el
año 275 a. de C., Erófilo de Alejandría supo
describir con fidelidad la estructura cerebral y la configuración
de vísceras. Fue quien impuso un sistema que hacía
posible la extirpación de órganos y su reemplazo por
otro sano. Y qué decir de Andrés Vesalio (1514-1564),
que por las noches se llegaba a los cementerios armado de bisturí,
para investigar órganos vitales de ajusticiados, sin desdeñar
las anécdotas del doctor Vattuogne, que en el 1500 quería
saber qué forma adoptaba el corazón luego de muerto
su dueño, un delincuente denominado el descorazonado.
No le digamos no a la donación de órganos; digámosle
sí a la vida. Y si quiere la pensamos de otra manera más
práctica, con cierto egoísmo si alguien así
lo desea, haciéndonos una pregunta clave: ¿y si mañana,
que es martes, somos nosotros quienes necesitamos reemplazar un
órgano que nos dijo no va más?
Creo que no debemos coartar el avance del progreso; tal vez en
el futuro lleguemos a trasplantar ideas, sentimientos; reemplazar
amores bajos, sabidurías apócrifas, éticas
diminutas en estado de putrefacción.
Por ahora es bueno comenzar por lo más simple: abrir nuestro
corazón al pedido urgente de órganos. Es el único
regreso posible a la vida, según el sentir y el saber de
éste que escribe, mientras espera un implante urgente de
talento.
Pensando mariposas
Mientras fumaba un pucho sentado en el breve paredón de
la vereda de casa, una mariposa daba vueltas sobre mí, buscando,
tal vez, lugar propicio donde aterrizar. Las mariposas, exceptuando
las veces que eligen una flor, parecen no entender demasiado sobre
lugares propicios para su contacto con esta realidad llamada Tierra.
Además, un exceso de confianza las caracteriza, pues desconocen
si uno pertenece a esa clase de seres que las caza con una rejilla
o ha hecho regresar al niño que fue, aquél que les
quitaba un ala para que ella pudiera dibujar grotescos círculos
de arena y humilde algazara.
Al notar que estaba sobre los hombros de un tipo con apariencia
de con éste no pasa nada, quien para no espantarla
se había convertido en estatua de alguien que él ya
no era, se quedó como quien decide vivir en un lugar aparentemente
quieto por fuera, carente de manotazos metafísicos, lejos
de toda agresión. Luego de un tiempo que habrá sido
considerable y lógico para ella, se echó a volar,
trazando semicírculos de múltiples colores. Parecía
querer pagar su alojamiento poniendo en el aire imágenes
que mi corta interpretación de sensaciones no pudo descifrar
de modo adecuado. Tal vez esos dibujos no eran más que palabras,
que también son signos, mensajes para los que uno no ha sido
educado de modo conveniente. Siempre me resultó difícil
descifrar textos de mariposas; sólo supe verlas ir de flor
en flor, transmitiendo belleza mítica, de ésa tan
lejana como irreal.
A esta altura del relato es noble reconocer que me sentí
a gusto con una mariposa sobre el hombro. Alguien me eligió,
me dije presuntuoso, secretamente, sin poner demasiado énfasis
en ese pensamiento. Nunca me quedó claro eso de poner énfasis
en lo que uno piensa. Son temas que no están en el tapete
de estos días que corren apresurados, con liviandad de mariposa.
Ello significa que nunca sabré la verdad de los laberintos
del ánimo. Qué imperfectos somos los humanos: no sabemos
volar ni hacer dibujos de colores en el hueco que nos permite el
aire. ¿De dónde vendrán esos colores que vuelan?
Acabo de presentar otra de mis pobladas ignorancias.
Estando con la mariposa sobre mis hombros, sentí el sonido
del teléfono. Quedé expectante, pues presentí
que el llamado sería para mí. No me equivoqué.
Al ponerme de pie supe que la mariposa se iría, pues ellas
no necesitan de terceros para comunicarse. Tal como lo pensé
sucedieron las cosas. Era un llamado sin mucha relevancia, de esos
que no vale cortar el diálogo con nadie, menos aún
con una mariposa. Al retornar a mi lugar primitivo, el bicho se
había ido hasta la Rosa China que está en el retiro
de mi casa. Esta ya no vuelve pensé-; halló
el lugar deseado, virtud que no está en el quehacer de todos
los humanos. Pero equivoqué una vez más en eso de
sumar presagios; rato después, vi que la mariposa retornaba
a su tarea anterior, la confección de semicírculos
que me parecieran de colores, como si el aire estuviese compuesto
por moléculas de crayón.
Con aquella mariposa nos unía la belleza y nos separaba
una causa semántica; ella ignoraba que estamos sujetos a
un sentido de finitud. Para ellas, la vida de hoy quizá sea
toda la vida. No saben que sus días están sujetos
a horas de existencia. Tal vez alcancen la máxima felicidad
a través de ese vuelo que las hace eternas, porque la belleza
eterniza, prolonga la vida, convirtiendo humildes segundos en siglos
de luz. En cambio, uno puede vivir más de cien años,
pero los días de verdadera felicidad se cuentan en horas
o quizá minutos.
Qué extraño y fuera de contexto parece en estos días
de hambre, desempleo, guerras y excarcelaciones mediáticas,
pensar mariposas, ¿no?
Hoy, luego de un paréntesis de lluvia volví a la
vereda, pero no me encontré con aquella Bella Dama de vivos
colores. En uno de los gajos de la Rosa China alcancé a ver
algunas crisálidas, placenta lunar donde las mariposas se
aferran a la verde vida. Tal vez mañana nuestros hombros
y nuestras mentes se pueblen de mariposas pensé-, de
bichitos dibujantes de semicírculos que sólo sabremos
explicar cuando los sentidos adecuados lleguen a nuestra experiencia
íntima. Es que todos los días están auspiciados
por una ignorancia nueva, por un faltante que no está en
el saber, sino en el sentir omnisciente de las pequeñas cosas.
Ello, viéndolo así, no carece de certeza, pues hasta
hoy sólo nos enseñaron a hacer cosas, no a sentir,
y menos aún pensar.
Diario La Capital de Mar del Plata del 27 de Junio 2005, Pag. 11
¿Nos vemos en el Colón?
Muchos lunes nos han visto juntos gracias a la generosidad de los
responsables de Redacción, quienes organizan las páginas
que diariamente le dan vida a La Capital, diario donde en junio
de 1995 comencé una serie de escritos, con aquel tema que
fue un adiós al boleto capicúa, pues por decreto se
había implantado la tarjeta magnética. El artículo
fue titulado 'Chau, Capicúa'.A partir de ese artículo
vinieron otros, impregnados de distintas suertes, apuntes que estaban
agazapados en éste que escribe, como quien espera la oportunidad
de escapar del autor, con las vísceras al aire a modo de
extraña bandera, para quitarse de encima cierta quietud,
cierta pereza intelectual. Fueron artículos que, si tuvieron
alguna repercusión, fue porque contaron con ese colaborador
inestimable que es el azar, quien siempre está al lado, y
premia, a quienes trabajan con total sinceridad un texto, una idea,
un ideal. Entonces, alguien de redacción decidió fijar
mis Apuntes en la última página de La Capital, como
dándome la responsabilidad de cerrar el diario, hermosa y
preferencial llave que no se puede agradecer con las simples palabras
que uno tiene en su saber.
Cuando cambié la vieja máquina de escribir por una
computadora que me regalara uno de mis hijos, alguien de redacción
me sugirió 'al pie de cada escrito sumale tu correo electrónico,
verás como te escriben'. Fue lo que hice. Debo reconocer
que me dio escalofríos cuando comencé a recibir los
escritos de mis lectores, mensajes de variada concepción,
donde no faltaron los elogios, las queridas empatías, las
esperadas y temidas críticas, ésas que construyen,
o el pedido de aclaración sobre determinado tema, so pena
de carta documento o juicio inmediato.
Muchísimos de los mail recibidos tenían mensaje similar:
conocernos, tomar un café con usted, charlar de bueyes perdidos,
de bueyes encontrados, del pueblo que usted nombra, 'porque yo vivía
ahí y tal vez nos conocemos'. Cuando escribí 'Hace
mucho que no voy a Necochea', tuve la verdadera dimensión
del alcance que tiene La Capital, pues recibí inmediata respuesta
de gente que vive en esa hermosa ciudad, así como de necochenses
radicados en Mar del Plata. Lo mismo sucedió al escribir
que nací en Lobería: el Centro de Loberenses me convocó,
invitándome a una fiesta que será inolvidable para
mí modo de sentir las cosas.
Ahora, un grupo de seguidores de mis Apuntes ha organizado un encuentro.
La intención es vernos cara a cara, conversar, compartir
vivencias, sentimientos; intercambiar abrazos y saludos, apretones
de mano, miradas húmedas, una emoción, porque el que
escribe y sus lectores son aves de la misma rama, aunque no se conozcan
personalmente. El auténtico conocimiento que tenemos entre
nosotros, es visceral, emotivo, frecuencia de un mismo latir.
El título de este artículo en parte lo dice. Con los
lectores de Apuntes de un Desvelado nos veremos en el Colón,
teatro que ha vuelto a ser de los marplatenses, gracias a la sensibilidad
social de Willy Wullich, para irradiar los hechos culturales que
por suerte tiene esta ciudad.
La gacetilla que ronda en los medios, dice que sobre el escenario
estarán quienes en su momento me relacionaron con los medios
de comunicación, gente como Mario Trucco, Eduardo Zanoli
y Susy Scándali, estando Jorge Dimitriadis a cargo de coordinar
el esperado encuentro. Será sin protocolos, como si estuviéramos
en un boliche llamado 'Bar El Desvelado', donde no faltará
la música, a través de Ana María Ordóñez
(saxo) y Pedro Ribeiro (guitarra). También participará
el cantor Pablo Olmedo, junto a Jerónimo Alfonso, en bajo.
La entrada será libre y gratuita, aunque se sugiere llevar
un libro, para la biblioteca del Centro de Jubilados y Pensionados
Municipales Marplatenses, aunque lo del libro no es condición
sine qua non.
Mañana, martes 28, a partir de las 20.00 horas tenemos la
oportunidad de conocernos en persona, aunque ya nos hemos visto
a través de los escritos y las lecturas de tantos años;
nos conocemos por el modo de sentir, de interpretar la vida, de
ver las vivencias del alma, esa sensibilidad que nos unifica. Los
espero, nos esperamos. No tuve otra pretensión en la vida:
estar junto a los que tienen el mismo latido social, humano, intransferible.
Cumbre
de emociones
Es obligación ética y emocional escribir sobre el
Encuentro que este escriba tuvo en el Colón con sus lectores,
en el teatro que volvió a ser de los marplatenses gracias
a la gente sensible que hoy trabaja en Cultura del Municipio de
Gral. Pueyrredón.
No he de hablar de quienes en su momento me abrieron las puertas
de los medios de comunicación, gente como Mario Trucco, Eduardo
Zanoli y Susy Scándali; tampoco diré sobre la generosidad
de ese estupendo cantor que es Pablo Olmedo, acompañado en
bajo por mi hijo Jerónimo; tampoco quiero exponer sobre la
excelsa participación de Ana María Ordóñez
(saxo) y Pedro Ribeiro (guitarra), así como la espontánea
participación de Jorge Dimitriadis y Dardo Festino, un escritor
amigo que 'actuó' de mozo. Hoy necesito escribir sobre algo
que sucedió posterior a los mencionados amigos, hecho que
tuvo la virtud de hacerme pensar que algunos encuentros pueden ser
posibles cuando quien nos convoca se llama aprecio.
No pierdo hombría al decir que al bajar del escenario para
abrazar a los lectores de mis apuntes, me acorralaron las lágrimas,
en complicidad con quien creía mi amiga, la emoción.
Esas lágrimas empañaban todo lo que vivía en
mí, anudando mis vísceras emotivas, tenues y salobres
pájaros que estaban guardados en mi interior más sano
y menos tangible en espera de una ocasión semejante a la
vivida esa noche en el Colón, pese a mi persistencia en pensar
que los homenajes y reconocimientos suelen ser algo exagerados cuando
se premia a alguien por hacer lo que corresponde, cosas para las
cuales se ha preparado, aunque ello no siempre signifique eficacia.
Borges decía que escribir no es oficio ni profesión,
sino un destino. De ser así, a este escriba lo premiaron
por cumplir con ese destino del que hablara el maestro de escritores.
En todo caso es momento de ponerse a meditar si ciertos reconocimientos
son causados por las astucias del oficio que uno ejerce o por la
extensa suma de años vividos. Digo esto sabedor que la vejez
suele mitificar las tareas de quien ha arribado a la tercera de
las edades, más si se ha dedicado a la faz artística.
Esa es mi duda (alguna vez he de escribir un elogio sobre la duda,
pues ella amamanta a su hija dilecta, la verdad).
El día después del encuentro con mis lectores, ya
en casa, abrazado a la realidad del kilo de tomates o a cuánto
cotiza hoy un par de churrascos bien habidos, llegó el más
ético de mis pensamientos a preguntarme '¿y ahora
qué? ¿Sos otro o el mismo al que se le nubla la mañana
si ve un pibe de patitas flacas revisando las miserias que dejás
afuera, en el tacho de la basura?' A ese pensamiento que desde siempre
me azuza, le contesté que creía ser el mismo de siempre,
y que si no fuera por el perfil oculto de la política me
hubiera gustado ser concejal, ordenanza, algo, porque he comprendido
que la palabra escrita no alcanza si sólo oficia de remiendo,
de placebo, para zurcir rajaduras sociales u oficiar de simple masturbación,
'porque para qué voy a protestar si éste lo escribe
por mí'. Luego vino mi conciencia, quien con un simple empujón
hizo que mis pensamientos se fueran al rincón donde perviven
cuando el cielo interno está nublado.
Mi conciencia, precisamente, me dictó algo que me pareció
adecuado para calificar el encuentro del martes 28: sobre el escenario
-y sin propuesta previa- se habían reunido, a modo de noble
y desusado abanico, distintos sentires políticos, todos en
pos de un mismo sentimiento, de una misma emoción, donde
prevalecía la sensibilidad sobre cualquier perfil partidista.
Arriba del escenario, éste que escribe tuvo la hermosa experiencia
de asistir a acuerdos humanos, más altos que políticos;
sobre el coqueto tablado del Colón convivían anarquistas,
radicales, gente del socialismo y peronistas, sin faltar quienes
piensan que 'el día llegará en que no necesitemos
quien nos gobierne'.
El martes nos gobernó la emoción, encuentro donde
la única interna fue un abrazo sincero, como amigos que necesitan
intercambiar latidos necesarios, porque en ese intercambio está
la única cumbre posible, desde donde avizorar un mañana
de luz, porque 'en un día claro se ve hasta siempre'.
En
estado de uso
Dos hombres, con andrajos malolientes y enganchados a la vida,
detuvieron el carro en un terreno baldío que está
frente a mi casa, baldío donde perfumados e inimputables
vecinos arrojan animales muertos y bolsas rechonchas de basura,
caballeros que luego, en otros foros, suelen explayarse sobre la
escasez de ética, avaricia de moral y la magra cultura que
ronda por estos lares del mundo.
El carro se veía chueco, quejoso, distante a toda alegría.
Recuerdo que tenía techumbre de trapos y apolillado cuero
de vaquillona, quizá conseguidos en ese deambular por los
senderos que van ida y vuelta a las necesidades.
Luego de estudiar el terreno, subieron el carro a la vereda. Y mientras
el pequeño animal pastaba, los dos hombres penetraron en
dicho predio, el que, por lo general, pertenece a la desidia.
Esa operación de rastrillaje es cotidiana, por no decir de
lunes a viernes, que suena más comercial. Por eso uno no
se explica cómo consiguen siempre el material que buscan,
pues es de suponer que los anteriores cirujas barrieron con todo.
Pero no, al parecer, siempre hay algo, cosa que hace que engorde
y se fortalezca la esperanza que ellos sustentan en todos sus perfiles.
Este que escribe los escuchaba esporádicamente, pues el viento
no es entendido en relaciones humanas, llevándose -a falta
de hojas-las palabras de esos dos hombres, palabras que se me antojaron
livianas de ropa.
Sólo alcancé a oír alguna información
válida, más que elocuente, como que 'ese fierro dejalo,
el turco lo patea', o 'el tergopol sí lo llevamos, aunque
más no sea para los pendejos', versión libre de niño,
según su callejero vocabulario.
Al verme contemplativo, una voz interior, la más irónica,
me alertó 'ahora cruzate a charlar con ellos, dale. Hablales
del neorrealismo italiano, de las concentraciones de protesta del
surrealismo francés, cuando Paul Eluard y Jaques Prévert
escribían poemas en paredones y veredas, método ideal
para generar cambios sociales. Andá, deciles'.
No crucé para intercambiar palabras con esa gente, pues mi
buen ánimo tenía asueto. O tal vez tuve miedo de que
me acusaran de ciruja literario, que me dijeran 'usted también,
aunque no lo sepa, revisa los baldíos de la literatura, para
tomar aquello que algún escriba dejó entre los pastizales,
por considerar que algunas palabras merecen ese desamparo, ese abandono'.
'Todos somos cirujas', martilló esa voz adentro mío,
voz que no fue fácil acallar ni quise.
Es muy probable que todos, al levantarnos para iniciar una nueva
jornada, no estamos haciendo otra cosa que recorrer el inmenso baldío
que es nuestro país. Dejamos atado el carro, mientras nuestro
escuálido Rocinante pasta, o a falta de él el automóvil,
la moto o la humilde bicicleta. Luego nos dedicamos a buscar sobras,
lo que ha quedado del día anterior, después que los
buitres hicieron lo suyo.
Podemos ser profesionales, obreros, trabajadores de la cultura,
vendedores de pan o de dinero, empleados, pero no hacemos más
que dedicarnos a ser cirujas, cirujas del país, cirujas de
nosotros mismos. Inclusive, y en más de una oportunidad,
se nos ve reciclar todo el ayer descartado. Y suele ocurrir -ocurre-,
que al llegar a ese baldío que mi pereza intelectual denomina
esperanza, alguien retiró lo que dejáramos ayer, que
no siempre son cosas materiales, sino también escombros del
alma.
Nuestro terreno real y metafísico es semejante al de aquellos
señores que dieron motivo a este apunte: todos los días
se consigue algo en él, para seguir en la creencia de que
existe una época de mejor bonanza.
Luego de rescatar aquellas cosas consideradas útiles, los
hombres subieron al carro adornado de quejumbres, con capote de
lonas y cuero de vaquillona. Al pasar frente a mí inoperante
silencio, uno de ellos me pidió el pucho que yo estaba fumando.
Se lo di. El hombre agradeció con un giro de su mano, como
si espantara quejas anidadas en el aire.
Luego siguieron su camino buscando el oeste de la ciudad, por si
alguien, en algún baldío de ese punto cardinal, hubiese
abandonado una vida llena de remiendos en estado de uso.
Cuando el barro no era pobre
Cuando era verano y en mi pueblo costero llovía, las calles,
que eran de tierra, se convertían en lodazal, donde sólo
se deslizaban camiones con las ruedas envueltas en cadenas, carros
y algún jeep arenero, vehículos infaltables durante
el lodo, con muchachas lindas y chicos sonrientes, condición
sine qua non de postal con afanes de turismo de aventura.
Amenguada la lluvia, el niño que fui huía de la atenta
mirada de sus mayores, utilizando para su infantil menester los
terrenos vecinos del fondo de su casa, baldíos también
resueltos en barro virgen.
Recuerdo que tenía como inculcada costumbre quitarme medias
y zapatos, porque eran tiempos donde uno era penado con tardes de
sombras si sus travesuras llegaran a averiar la economía
doméstica.
De los momentos de libertad que tuvo mi vida -que fueron pocos,
por ello recordados-, caminar descalzo sobre el barro fue lo más
parecido a deslizarse libre sobre la vida, como si ésta fuese
una pendiente, viaje en tobogán que sólo lo detenía
ese azar que algunos llaman futuro.
Albert Camus decía que la libertad no se la dio Marx, sino
la pobreza. Yo coincido con el enorme intelectual francés,
al parafrasear que la libertad me la dio el barro, emparentado -en
general e injustamente- con la suciedad, más que con la pobreza.
Si se es pobre y a la vez amante del pensamiento crítico,
no es engorroso deducir que luego de ella, la pobreza, no existe
escalón inferior. Quienes han regresado de ese estado social,
dicen que a partir de ella cualquier cosa es síntoma de serena
felicidad. Por eso uno cree que a partir de esa condición
de vida se pueden inaugurar otras esperanzas, desconocidas para
nuestro pobre saber y sentir, aclarando que estas líneas
no guardan intenciones de apología hacia ese vivir de escuálidos
recursos económicos.
Pisar barro virgen era jugar con vestigios del pasado, era entrar
a los pueblos anteriores a la flor, donde los pájaros fueron
los únicos habitantes del aire y la cuerda del viento era
propaladora de aromas no vencidos por el tiempo, que todo vence.
Caminar por el barro era ser cronista de los latidos del mundo,
cuando el barro no era pobre. Esa costumbre tan mía y sin
ambición de transferencias, hacía que esperara con
ansiedad las jornadas de lluvia, pues me sentía extraño
al no estar en comunión con aquellos sentidos.
Cuando algún campesino anunciaba lluvia -información
que le pasara su rodilla o aquella operación lejana-, me
sentía esperanzado al pensar que mañana habría
de emplear mi artesanía para componer un día nuevo,
de barro, tierra con los lagrimales abiertos, sensibilidad telúrica
que escalaba mi cuerpo en pos de percepciones, tan inefables para
mí y mis mayores.
Al conocer mi extraño regocijo por ese contacto directo con
la naturaleza, mi abuelo les comentó a mis padres que él
tenía esa misma costumbre cuando chico, que no se preocuparan,
y que no olviden que 'hay una lluvia para cada persona'. El viejo
sabio lo decía sin fines de logros, sabedor de que iba a
ser malinterpretado una vez más.
Eran tiempos en que faltaba información, donde desconocíamos
la existencia de otro mundo social, que no sólo existía
esa pobreza estructurada para la mayoría, tiempos en que
nadie se preguntaba qué diantre significaba ser pobres, datos
que sólo pertenecían al saber de un puñado
así de señores bien hablados y mejor vestidos.
Los chicos que hoy juegan con el barro no saben de aquella, mi lejana
costumbre, que nada tenía que ver con las cosas sustantivas.
Los chicos pobres de hoy caminan sobre esa información que
es el asfalto; saben que sobre éste hay otra vida, que no
es la que están viviendo, precisamente. Eso lo saben o -en
el mejor de los casos- quizá lo puedan presentir, que es
sospechar con inteligencia.
Cuando la tierra fue vestida de cemento, sus latidos se alejaron
del niño que supe ser. Recuerdo que todo el pueblo celebró
con canciones celestes y blancas la llegada del macadam. Ese día,
los años de mi infancia quedaron sin aquellos latidos de
la Tierra.
A veces, cuando en un oleaje de hierro, acero y cemento armado veo
una flor silvestre que asoma su luz a la vida, suelto un aullido
profundo que atraviesa el espacio, para que despierte y acuda a
mi último asombro el niño que fui.
Octubre 2005
Guía
para Cumbre se ofrece
En casa dicen que soy buen guía, principalmente en algunos
aspectos cuasi turísticos, no en otros que no vienen a cuento.
Siempre que algún pariente, amigo o favorecedor viene de
visita, soy el elegido de la tribu para hacerle conocer las bondades
de la ciudad y la zona, lugares históricos, baches cumpleañeros
o paisajes que hacen a la historia de Mar del Plata, sin obviar
algunos lugares reñidos con aquellas conductas conocidas
como ortodoxas. Es noble aclarar que no estudié para guía;
lo digo sin que mi confesa sinceridad se tome como virtud, sino
antes bien como vana información.
Queda establecido, entonces, que siempre fui buen cicerone, desde
pibe. Y ello se lo debo a Pino, mi padrino. Él fue quien
me enseñó a recorrer la ciudad cuando vine a ésta.
Antes de presentarme la parte céntrica, la zona de playas,
el Casino (su estructura exterior, claro) y los barrios residenciales,
como Los Troncos, Parque Luro o La Perla, tomamos un colectivo que
nos alejó del centro, hasta entrar en zonas donde imperaban
casas sin revoques, barro y veredas tapizadas de yuyos, con árboles
incipientes y chuecos, zonas donde predominaban los perros, pañales
tendidos en patios traseros sin cercar y criaturas que comenzaban
a dar sus primeros pasos vestidas con la misma ropa de nacer.
Luego, mucho tiempo después, los años supieron explicarme
la actitud de mi padrino, quien aquella vez quiso mostrarme venas
sociales totalmente distintas, para que las conclusiones me las
diera la razón del tiempo, dueño absoluto de la verdad
y sus intermediarios.
Ese aprendizaje, ese deambular por la ciudad que uno quiere y habita,
hoy me autorizaría para ser buen cicerón si desde
algún escritorio importante pidieran guías para acompañar
a los presidentes que han de asistir a la mentada Cumbre Internacional.
Si tuviera la posibilidad de acompañar a algún mandatario,
elegiría al de los EEUU. Sería de mi agrado indicarle
a Bush el otro perfil de la rosa, lugares donde realmente existe
lo que él y su grupo de inteligencia denominan 'áreas
de inseguridad'. Le haría conocer la situación riesgo
de ciertos barrios, especialmente los del sur o el noroeste, lugares
que no tienen salidas de emergencias, donde la luz es escasa, el
asfalto utópico y la seguridad en estado de coma; lugares
donde también hay muchos vidrios, porque a veces, en eso
de juntar botellas con botellas, el vaivén de los carros
hace que algunas se quiebren, sembrando de peligro ese ejido municipal
con pretensiones de vereda, lugar que los chicos transitan con los
pies desnudos.
Creo que el hombre se conmoverá, pues ha tenido noticias
de barro en su propio país, luego del Katrina y Rita. Y si
bien ese conocimiento lo hizo montado sobre seguro y yanqui helicóptero,
no dudamos del poder de imaginación de quien ya proyecta
un vuelo hasta la luna, lindo lugar para quienes se dedican a fabricar
-para consumo interno o con fines de exportación- económicas
cortinas de humo.
Estaré atento a cualquier enunciado que emane desde Turismo
de la Nación. En una de esas consigo una changa como guía
de presidentes que asistan a la Cumbre. Creo que mi Currículum
Vitae móvil es óptimo para ese menester, pues me jacto
de conocer zonas que, en definitiva, se han convertido en ciénagas
culpa de los compromisos que el país hubo de asumir al pretender
pagar, con vísceras sociales, deudas corruptas. Algún
presidente, de los que llegarán para la Cumbre, sabe que
su país tuvo algo que ver con algunos de nuestros huracanes,
los que mi antojo llama Jorge Rafael, Carlos Saúl o Domingo
Felipe, réplicas de Katrina que han dejado barrios sin salida
de emergencia, con las casas a medio hacer; con las calles cicatrizadas
de barro; con los diques de la contención social destruidos;
sin manos, sin pizarrones y sin fe; 15 millones de personas tuteándose
con la pobreza; con niños que se educan y crecen bajo la
tutela de un basural que ayer era espacio lúdico, ideal para
plantar árboles con ambiciones de luz. Son lugares comunes
que un buen cicerón tiene la obligación moral de conocer
si se ofrece para mostrar, a quienes nos visitan, lo que quedó
de nuestra aldea luego del enorme huracán ético que
aún sigue soplando con fuerza inmoral.
Cambio
de barrio
¿Cómo está pasando este fin de semana largo
que hoy concluye? ¿Bien? ¿Pese al atosigamiento mediático
preelectoral, pese al lifting que está sufriendo Mar del
Plata, para que los presidentes de América la encuentren
joven, sensual, recién bañada? Me alegro. Este que
escribe también la está pasando bien, una barbaridad:
ensayando una mudanza, por si las moscas, ¿vio?
¿Dice que nunca cambió de casa, de barrio, de globalización?
¿Nunca? Entonces no sabe lo que se pierde. No creo que haya
algo más pasional que eso de abrazarse a una heladera. Es
la sensación más parecida al abrazo de ciertas mujeres,
le puedo asegurar. Sí, sexo virtual. Pero ¿en serio
que nunca se mudó de casa, de barrio, de país, de
moneda? Créame que lo lamento desde lo más profundo
de mi cuore pleno de mariposas hechas de humo: se irá de
esta life sin conocer la inconmensurable felicidad de andar con
los veladores colgados de los hombros, y en sus manos cajas, almohadas,
lamparitas, mientras su cabeza soporta una pila así de coloridas
frazadas ¿Dice en serio al decir que nunca se vio de mudanza?
Cuánto lo estarán envidiando sus consanguíneos,
los que han apostado sus cuitas al exilio, lugar donde ahora nacen
nuestros nietos...
Lo malo que tiene la mudanza es el desarraigo, ¿vio? Qué
sé yo; uno se había acostumbrado al barrio, a los
vecinos, a las calles sin señalización, a las luminarias
callejeras que funcionan a veces, a los baches que funcionan siempre,
al choreo legalizado. Al mudarse, uno debe hacerse a las nuevas
instituciones, al idioma que se habla en ese barrio, así
como aprender el valor del dinero, aunque en eso somos campeones
morales.
Unos aprovechan el fin de semana largo para visitar Mar del Plata,
caminar por la Peatonal, leer en Plaza San Martín, esa nueva
literatura que mi antojo llama pancartas. Otros recorren museos,
Laguna y Sierra de los Padres o los maquillados paseos de la costa.
Yo soy más inteligente: utilicé el fin de semana largo
para levantar la heladera, aunque ya ni eso, amigo ¿Hace
mucho que no levanta algo así? Ya sé: me va a decir
que los años no pasan en vano, ¿no? Pero, ¿me
da una mano? Tengo que subir la cama al camión, sí,
la de dos plazas. Si ella hablara o escribiera (me refiero a la
cama, por supuesto) no queda nadie, le aseguro!
Ahora subamos las mesitas de luz y la Singer. Además, no
debo olvidar el Wincofón y este cajón de vinito Tomba.
Tome, le regalo este pote de Cutipecol, para las pecas de su patrona.
Pero ¿qué hace, viejo? ¡Despacio! ¡A ver
si me rompe los envases de Bidú, las botellitas de Sidral
y las de Bolita Bilz! ¡Trate con amabilidad los recuerdos,
viejo, el único capital ético que nos queda! ¿A
UD. le gustaría que se los manoseen? Pero tome; ya que quiere
ayudarme lléveme la tabla de lavar, la batea, el Primus y
los platos Durex. ¡Estos sí que no se rompen aunque
los usen Cristina, Chiche o Lilita!
Necesito que disculpen el tema de hoy. No es tan personal como indica
su primera persona. A muchos nos ocurre eso de mudar de casa, porque
la vendemos o el señor contrato dijo no va más, y
en ocasiones porque el contrato ético con el país
también dijo no va más, pues lo alquilaron, lo vendieron
o prestaron a otros y debemos quedarnos en la vereda antes de buscar
un nuevo lugar donde pasar esta noche tan larga. Es cuando adoptamos
el desarraigo, previa visita a las embajadas, esos barrios tan lejanos,
aunque estén a dos cuadras de casa. En fin. Así pueden
suceder, así suelen suceder, así están sucediendo
las cosas.
Piensa UD. bien si piensa que siempre hay gente que colabora en
nuestra mudanza. Algunos son vecinos, aunque los que más
ayudan para que carguemos con trastos viejos la camioneta, son algunos
gobernantes que supimos conseguir. Ahí sí ponen en
marcha toda la sensibilidad social.
Pero... ¡se me está quedando, viejo! Aún queda
por subir el ropero, la heladera a kerosén, el brasero, la
Siambreta y la cocina económica! ¿Dice que a ésa
ni loco le pone el hombro, que es una carga muy pesada que nadie
pudo levantar hasta hoy? Entonces ¿a qué vino hasta
estos Apuntes, amigo? ¿Sólo para llevar las cosas
livianas que dejo antes de apagar la luz y cerrar la puerta? ¡Así
no vale! ¡Mire que me quedo, eh!
********************************************************************
Julio Alfonso se fue de este mundo sin permiso alguno,
el 26 de Octubre 2005. En su homenaje transcribimos el articulo
que escribiera con motivo de la Cumbre realizada en esta ciudad
de Mar del Plata en el mes de Noviembre. Por ahora, nos exime de
comentarios, hasta mitigar el dolor de su partida.
Guía para Cumbre se
ofrece de Julio Alfonso
En casa dicen que soy buen guía, principalmente en algunos
aspectos cuasi turísticos, no en otros que no vienen a cuento.
Siempre que algún pariente, amigo o favorecedor viene de
visita, soy el elegido de la tribu para hacerle conocer las bondades
de la ciudad y la zona, lugares históricos, baches cumpleañeros
o paisajes que hacen a la historia de Mar del Plata, sin obviar
algunos lugares reñidos con aquellas conductas conocidas
como ortodoxas. Es noble aclarar que no estudié para guía;
lo digo sin que mi confesa sinceridad se tome como virtud, sino
antes bien como vana información.
Queda establecido, entonces, que siempre fui buen cicerone, desde
pibe. Y ello se lo debo a Pino, mi padrino. Él fue quien
me enseñó a recorrer la ciudad cuando vine a ésta.
Antes de presentarme la parte céntrica, la zona de playas,
el Casino (su estructura exterior, claro) y los barrios residenciales,
como Los Troncos, Parque Luro o La Perla, tomamos un colectivo que
nos alejó del centro, hasta entrar en zonas donde imperaban
casas sin revoques, barro y veredas tapizadas de yuyos, con árboles
incipientes y chuecos, zonas donde predominaban los perros, pañales
tendidos en patios traseros sin cercar y criaturas que comenzaban
a dar sus primeros pasos vestidas con la misma ropa de nacer.
Luego, mucho tiempo después, los años supieron explicarme
la actitud de mi padrino, quien aquella vez quiso mostrarme venas
sociales totalmente distintas, para que las conclusiones me las
diera la razón del tiempo, dueño absoluto de la verdad
y sus intermediarios.
Ese aprendizaje, ese deambular por la ciudad que uno quiere y habita,
hoy me autorizaría para ser buen cicerón si desde
algún escritorio importante pidieran guías para acompañar
a los presidentes que han de asistir a la mentada Cumbre Internacional.
Si tuviera la posibilidad de acompañar a algún mandatario,
elegiría al de los EEUU. Sería de mi agrado indicarle
a Bush el otro perfil de la rosa, lugares donde realmente existe
lo que él y su grupo de inteligencia denominan 'áreas
de inseguridad'. Le haría conocer la situación riesgo
de ciertos barrios, especialmente los del sur o el noroeste, lugares
que no tienen salidas de emergencias, donde la luz es escasa, el
asfalto utópico y la seguridad en estado de coma; lugares
donde también hay muchos vidrios, porque a veces, en eso
de juntar botellas con botellas, el vaivén de los carros
hace que algunas se quiebren, sembrando de peligro ese ejido municipal
con pretensiones de vereda, lugar que los chicos transitan con los
pies desnudos.
Creo que el hombre se conmoverá, pues ha tenido noticias
de barro en su propio país, luego del Katrina y Rita. Y si
bien ese conocimiento lo hizo montado sobre seguro y yanqui helicóptero,
no dudamos del poder de imaginación de quien ya proyecta
un vuelo hasta la luna, lindo lugar para quienes se dedican a fabricar
-para consumo interno o con fines de exportación- económicas
cortinas de humo.
Estaré atento a cualquier enunciado que emane desde Turismo
de la Nación. En una de esas consigo una changa como guía
de presidentes que asistan a la Cumbre. Creo que mi Currículum
Vitae móvil es óptimo para ese menester, pues me jacto
de conocer zonas que, en definitiva, se han convertido en ciénagas
culpa de los compromisos que el país hubo de asumir al pretender
pagar, con vísceras sociales, deudas corruptas. Algún
presidente, de los que llegarán para la Cumbre, sabe que
su país tuvo algo que ver con algunos de nuestros huracanes,
los que mi antojo llama Jorge Rafael, Carlos Saúl o Domingo
Felipe, réplicas de Katrina que han dejado barrios sin salida
de emergencia, con las casas a medio hacer; con las calles cicatrizadas
de barro; con los diques de la contención social destruidos;
sin manos, sin pizarrones y sin fe; 15 millones de personas tuteándose
con la pobreza; con niños que se educan y crecen bajo la
tutela de un basural que ayer era espacio lúdico, ideal para
plantar árboles con ambiciones de luz. Son lugares comunes
que un buen cicerón tiene la obligación moral de conocer
si se ofrece para mostrar, a quienes nos visitan, lo que quedó
de nuestra aldea luego del enorme huracán ético que
aún sigue soplando con fuerza inmoral.
El ancho
camino
de
Ilda Lelis País
"Yo
te conjuro a dejar libre a todo el mundo,
de
igual manera a que todos los dejo yo libres"
Walt Whitman
...
y yo, humildemente te convoco
a
soñar aunque sea, con la ruta
que
sigue el caminante ligero
que
devora paisajes...
buscador
incansable de utopías
Eterno peregrino sin apuro y sin miedo.
Sembrador de miradas y silencios.
Hermano de la piedra, el sol, el agua...
el
pájaro y el árbol.
Compañero del viento, la soledad,
el
pan, el cielo, el fuego...
Péndulo
medular, que mientras viaja
por
pequeños senderos,
transita
la gran ruta
que
lo conduce corazón adentro
hacia
el recóndito microcosmos que alberga:
ese
yo interno
que
es una pizca de la energía universal,
que
busca de modos diferentes
en
la esencia del hombre la experiencia del Ser.
Yo te conjuro hermano
por
la ley del deseo,
a
soñar aunque sea, con el ancho camino
que
da la libertad...
Alas!
Pájaro! Alas! Hombre! Alas! Vuelo!
de Roberto
Osvado Munyau
ME
TIENEN PODRIDO
Me
tienen podrido los jefes...,
caciques,
y los que quieren serlo también.
Me
tienen podrido los generales...,
almirantes,
brigadieres, comandantes, comisarios y los zorros grises.
Me
tienen podrido los supermercados...,
y
todo lo que ellos venden.
Me
tienen podrido los presidentes...,
vicepresidentes,
secretarios, prosecretarios, tesoreros, protesoreros y los vocales.
Me
tienen podrido los jueces...,
conjueces,
fiscales y los procuradores.
Me
tienen podrido los rectores...,
decanos,
directores, celadores y los porteros.
Me
tienen podrido los inspectores...,
auditores,
veedores y los controladores.
Me
tienen podrido los curas...,
y
los célibes.
Me
tienen podrido los gerentes...,
subgerentes,
jefes de departamento, jefes de división y los jefes de sección.
Me
tienen podrido los líderes...,
caudillos,
conductores y los grandes inspiradores.
Me
tienen podrido los genios...,
inteligentes,
vivos, cancheros y los piolas.
Me
tienen podrido los senadores...,
diputados,
concejales y los consejeros escolares.
Me
tienen podrido los padres de la patria...,
madres
patrias, vende patrias y las madres que los parió.
Me
tienen podrido las leyes...,
decretos,
ordenanzas y los reglamentos.
Me
tienen podrido los business...,
marketings,
and the shoppings.
Me
tienen podrido los menemtruchos...,
y
los auténticos también.
Me
tienen podrido las fronteras...,
límites,
marcos, acotaciones, encasillamientos y los alambrados.
Me
tienen podrido las cárceles...,
calabozos,
celdas y los corrales.
Me
tienen podrido los mendigos...,
y
los que lavan su conciencia con una moneda.
Me
tienen podrido los bocones...,
y
los que siempre callan.
Me
tienen podrido los relojes...,
y
las planillas de asistencia.
Me
tienen podrido los estatutos...,
y
los escalafones.
Me
tienen podrido los violadores...,
y
los anorgásmicos.
Me
tienen podrido las guerras...,
y
la paz de los que las ganan.
Me
tienen podrido los informantes...,
confidentes
y los alcahuetes.
Me
tienen podrido los que protestan...,
y
los indiferentes.
Pero
más podrido me tiene, pensar que he vivido aceptándolos.
*******
BIENAVENTURADAS LA CIENCIA
Y LA TECNOLOGÍA...
Porque de ellas será el reino del ocio.
por Roberto Osvaldo Munyau
Nacido un 2 de mayo (Día internacional del Ocio)
Según el génesis, cuando Dios echó del Paraíso
a Adán y a Eva les dijo: "ganarás el pan con
el sudor de tu frente", por lo que podríamos conjeturar
que el trabajo es un castigo.
Cuando el hombre comienza a vivir en sociedad, inmediatamente aparecen
dos jerarquías bien diferenciadas, por un lado los poderosos,
los que mandan, los dueños de los medios de producción,
y por el otro los que son obligados a trabajar, los que producen,
los que obedecen.
La esclavitud es ejercida por obligación, por los que tienen
que resignarse a realizar tareas no deseadas, ingratas, no placenteras;
por los oprimidos, los que deben obedecer y trabajar.
Las ciencias y las artes, por el contrario, se ejercen por vocación,
y las practican aquellos que no solamente disponen de tiempo para
ejecutarlas sino que tienen la voluntad y sienten el placer de realizarlas.
Los poderosos siempre tuvieron las mayores posibilidades de vivir
dedicando gran parte de su tiempo al ocio, entendiendo por tal,
no a la holgazanería, a la inactividad, al "no hacer",
sino al filosofar, al pensar en cuestiones trascendentes, al desarrollar
actividades placenteras tanto para el cuerpo como para la mente;
pero sólo una minoría aprovechó esa circunstancia,
pues la mayoría de ellos vivían dedicados a las luchas
políticas para mantener su poder o a los negocios (negación
del ocio), para mejorar o consolidar su posición económica,
sometiendo a las clases inferiores al yugo del esfuerzo físico,
del trabajo involuntario, considerándolos, en algunos casos,
como los griegos o los romanos, simples herramientas y no seres
humanos; cuando Catón el Viejo propuso disminuir las jornadas
de trabajo y mejorar la alimentación de los esclavos en Roma,
no lo hizo por razones humanitarias sino para aumentar su rendimiento,
nada dijo respecto al hecho de que se los mataba cuando llegaban
a la ancianidad, pero sí recomendó que los capataces
no los torturaran demasiado para que siempre estuvieran en condiciones
de trabajar. Los pocos intentos de rebelión que se produjeron,
caso Espartaco, fueron rápidamente sofocados. Lo mismo sucedió
cuando, tanto en el Imperio romano como posteriormente en la colonización
de América, el esclavo se había convertido en una
mercancía cara que había que cuidar. Siempre se privilegiaron
las cuestiones económicas por sobre las humanas.
Con el paso del tiempo algunas condiciones de vida de la esclavitud
fueron paulatinamente mejorando. Con la aparición del feudalismo
en Europa, al esclavo se lo "jerarquizó" llamándolo
eufemísticamente con el nombre de "siervo", que
no era ni más ni menos que el mismo esclavo de antes, un
poco más instruido. La instrucción que recibieron
se debió a cuestiones meramente económicas. Los señores
feudales eran los dueños del más grande medio de producción
de la época, la tierra, y para labrarla con mecanismos un
poco menos rudimentarios que los que se utilizaban en épocas
anteriores necesitaban siervos (operarios) con ciertos conocimientos
técnicos.
Cuando se produce la revolución industrial en el siglo XIX,
el esclavo vuelve a cambiar de nombre y se lo llama "obrero
o empleado". Esta vez los medios de producción, debido
a su sofisticación, requieren un esclavo sumamente instruido.
En la medida en que el nuevo esclavo va incorporando más
conocimientos, desarrolla su intelecto y comienza a interpretar
conceptos que hasta ese momento le habían sido muy fácilmente
ocultados y que sólo practicaban sus amos, tales como el
de libertad, libre albedrío, ideología, buen gusto,
refinamiento, rebeldía, etc. En forma paralela comienzan
a aparecer nuevos métodos de sometimiento, muy sutiles y
sofisticados pero casi tan crueles como los de épocas remotas,
como por ejemplo: mercado, publicidad, consumismo, mensajes subliminales,
globalización, desocupación y pobreza. Una de las
consecuencias de estos nuevos sistemas de sumisión es la
generación de dos categorías: los ocupados y los desocupados.
La desocupación que produce la tecnología y muchas
veces la mala administración de los países que la
padecen, es utilizada como medio de presión para abaratar
la mano de obra de los ocupados.
Algunos están convencidos -engañados- que el desarrollo
económico produce mayor ocupación; según datos
de la O.I.T. desde 1990 a 2000 en Argentina, la desocupación
juvenil (personas de entre 15 y 24 años) creció de
310.000 a 709.000 y en Brasil de 1.039.000 a 2.236.000 (en ambos
casos más del 100 %). Sin embargo el PBI por habitante según
la CEPAL en el mismo período, en estos países creció
el 31,35 % y el 12,13% respectivamente.
En la medida en que las teorías y descubrimientos científicos
se fueron aplicando a la tecnología, los medios de producción
aumentaron tanto la cantidad de los servicios y productos elaborados
como su calidad.
La transferencia de los nuevos conocimientos en el campo de la ciencia
hacia la tecnología, y por ende hacia la industria, se producen
en forma sumamente veloz. Así como se han acortado los tiempos
históricos también se redujeron enormemente los tiempos
científico-tecnológicos. Basta recordar que desde
Pitágoras, Tales, Galileo, Newton, y muchos otros, a la era
industrial pasaron siglos; en cambio desde Marconi hasta el desarrollo
masivo de las telecomunicaciones apenas pasaron un par de décadas,
lo mismo sucedió en el campo de la energía nuclear
y ni hablar de la medicina, la informática, la robótica,
etc.
No siempre el desarrollo tecnológico se ha orientado hacia
el bienestar del hombre, sino más bien hacia su destrucción;
no en vano la industria bélica se ha convertido en el más
brillante negocio de las potencias mundiales, que siniestramente
inventan guerras contra países pobres para robarles su petróleo
matando miles de niños, mujeres y ancianos -¿efectos
colaterales?-, bombardeándolos primero, robándoles
luego y más tarde reconstruyéndolos a través
de contratos multimillonarios que ejecutan sus propias empresas
multinacionales, completando así este círculo monstruoso,
dando por lavada su conciencia y cerrando genialmente sus cuentas.
Es imprescindible que los gobernantes del mundo desarrollado tomen
conciencia de la devastación que producen tanto por la proliferación
de las guerras sin sentido como por la contaminación del
medio ambiente, -no es casual que los EE.UU se nieguen sistemáticamente
a discutir cualquier tipo de acuerdo que trate sobre el cuidado
del medio ambiente, ellos consumen el 25 % del petróleo que
se produce en todo el mundo-, obviamente son los mayores contaminadores.
Urge democratizar las instituciones internacionales como el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas, Banco Mundial, Fondo Monetario
Internacional, donde todos, ricos y pobres participen con voz y
voto en las grandes decisiones. Recién cuando los países
subdesarrollados dejen de ser los manjares con los que se relamen
las superpotencias y se conviertan en comensales del festín,
podremos decir que en el mundo reina la verdadera democracia.
En forma simultánea es necesario que el hombre común
comience a preocuparse muy seriamente por el cuidado del planeta,
tan vapuleado por los países mas desarrollados -los mas envenenadores-,
cuyos gobernantes parecerían ser al mismo tiempo los más
grandes criminales y a la vez suicidas de la historia de la humanidad.
Lograda esta conjunción de acciones podríamos suponer
que en un futuro no muy lejano, el hombre, probablemente podrá
dejar las tareas más desagradables en manos de robots, y
así dedicarse al ocio creador, a las actividades que le resulten
más placenteras. Pero para gozar en plenitud de esta nueva
forma de vida debemos comenzar por tomar conciencia de los nuevos
tiempos que se vienen y prepararnos.
Debemos empezar a preocuparnos muy seriamente por el cuidado de
nuestro planeta. Volver al contacto con la naturaleza, a la vida
simple, sin excesos, sin depredar, acostumbrarnos a consumir lo
necesario, a cuidar nuestra salud, a "caminar por caminar,
no correr porque te corren, poderes, hambre, patrón"
como dice el "croto" Pedro Ribeiro, -éste es el
imperativo de nuestro tiempo-. Debemos empezar a cambiar individual
y colectivamente, no solamente los ocupados y desocupados, también
los dueños de los medios de producción, planteándonos
como posible esta nueva manera de vivir. Si los poderosos no se
avienen a estos cambios correrán el riesgo de que estos se
produzcan por métodos revolucionarios que no siempre resultan
pacíficos. Una forma de lograr más fácilmente
éste cambio es a través de la unión de todos
aquellos que compartimos esta idea, como por ejemplo la AGRUPACIÓN
DE CROTOS LIBRES (www.crotoslibres.com), de Mar del Plata cuya filosofía
hoy puede parecer una utopía pero mañana seguramente
será una hermosa realidad.
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6 de diciembre 2009
¿FE
O RAZÓN?
Desde tiempos inmemoriales, el hombre se ha planteado la disyuntiva
de elegir uno de dos caminos posibles, para llegar a la verdad de
su existencia y la del universo que lo rodea. Los que optaron por
el sendero de la fe, a través del cual encontraron una respuesta
válida según ellos, adjudican el origen y la existencia
del universo y la de ellos mismos a un dios creador. Para los teístas,
ese dios no sólo creó el universo sino que también
le atribuyen la autoría de las reglas morales y éticas
(Biblia, Corán); castiga a los pecadores y premia a los buenos;
subordinando la conciencia del hombre a los mandatos divinos. Tienen
la convicción de que todo tiene su origen en dios y recurren
a las escrituras, según ellos sagradas e incontrastables,
para documentar sus aseveraciones. Suelen recurrir a métodos
racionales (Tomás de Aquino), para demostrar la congruencia
de sus dichos pero cuando la razón plantea dudas respecto
de sus creencias, inmediatamente buscan refugio en la fe y así
mantienen incólumes sus argumentos. El sustento de la fe,
es el dogma y por eso necesita del discurso permanente para mantenerse
en el tiempo. El de la razón es el pensamiento crítico.
La fe y la razón no transitan por el mismo camino, como pretenden
los teístas (Tomás de Aquino: Summa contra Gentiles)
y ni siquiera marchan en la misma dirección. Por cada paso
que avanza la ciencia, las religiones retroceden uno o más.
El de la razón es mucho más arduo, con más
escollos pero más certero; necesita de la ilustración
(Según Inmanuel Kant: ilustración es la emancipación
del hombre de su autoculpable minoría de edad. Para ello
se trata de que el hombre se atreva a pensar por sí mismo,
a valerse de su razón, para dejar de concebirse como menor
de edad, como alguien que está bajo tutela; en otras palabras:
como un súbdito). Lo que la fe no puede demostrar racionalmente,
lo convierte en verdad absoluta a través del dogma. La ciencia,
en cambio, da pruebas de su verdad utilizando la razón como
herramienta fundamental. Carlos Marx decía: "La religión
es el opio de los pueblos" y cabe preguntarnos: ¿o el
somnífero? ¿o el atajo que evita el camino del conocimiento?
La búsqueda de la verdad no es fácil; es una aventura
que implica el riesgo de equivocarse y volver a empezar; pero vale
la pena. Sólo el hombre libre de dogmas es capaz de realizar
esa búsqueda. Desde siempre, las religiones a través
de la fe, exacerbaron el egocentrismo del hombre haciéndole
creer que el universo había sido creado para él (Biblia,
Capítulo I: Génesis 2, 7). Hoy, gracias a la investigación
científica, sabemos que es un ser minúsculo frente
a la magnificencia de la naturaleza. La ciencia aún tiene
muchas respuestas pendientes, pero persiste en la búsqueda
de la verdad. Valga la reiteración: el camino de la razón
no coincide con el de la fe; es arduo, trabajoso y riesgoso. No
goza de la comodidad de las verdades reveladas, pero evidentemente
es el único que nos puede aproximar al conocimiento del universo.
Roberto O. Munyau
06/12/2009
Maria Elisa Scarone (2005)
Faro Querandí
Un cansancio cansado se
acomoda en la fronda.
Los cuerpos cavan un hoyo
úteral
...............
acariciados por la hojarasca
................que nadie barre
................acurrucados en una
alfombra
................de acículas.
En ese presente eterno la brisa
.....................................................surca
los medanos
...............desparrama perfumes
de estróbilos.
Invitación al descanso.
ascienden respiraciones compartidas
crujen las cortezas.
Silencio y sonido
(uno extiende, otro pliega)
Las ramas alborotan pájaros
vacios de completud suben
los cuerpos australes,
.............sueñan con viajes
a
.............través del tiempo.
Hoy el viento los arrastra en el arca
de los caminantes.
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